domingo, 25 de mayo de 2014

I (tercer intento) de V

La canción que suena en mi pieza llega débil hasta la cocina,
donde echo agua a ojo, un chorro de aceite y un pellizco de sal.
Antes de prender el fuego me quedo mirando la llama en la cerilla
y en mis labios una ligera mueca se convierte en una sonrisa
cuando acerco la pequeña flama hasta el pasado de mi vida
y acaban en el fuego los remordimientos sin razón de ser.

La olla me dice que quiere representar mi aventura
y yo me río pues su ocurrencia no me parece mal.
Así que en sus entrañas aumenta la temperatura
al conocer la que desde ayer es mi nueva filosofía
de que si el caldo se derrama sea por una alegría.

Pero quizá aún falte algo de picante que le dé sabor.
Dejo al cuchillo del deseo picando los dientes de ajo
y desnudo me zambullo en el pequeño mar de metal
cuyo destino es crecer hasta ser un océano real.

Allí me quedo flotando en la cálida inmensidad
haciendo inventario de cada personalidad
que a lo largo del tiempo me han adjudicado:
bohemio, ronin, anacrónico o desubicado...
Cada apelativo veraz, pero todos ellos equivocados
al ser mi alma mayor que la suma de las partes;
sabiendo ahora que en realidad he sido afortunado
con la canción que la gramola me ha obsequiado,
acepto mi responsabilidad por cada acierto y cada fallo...
pero cada momento saboreándolo.

Ahora sé desplegar mis alas,
derribar paredes con ellas
y comenzar a navegar
mientras llueven a mi alrededor
los granos de arroz.
Pueden ser cientos,
pero he descubierto
que sí era cierto
que cada uno de ellos
tiene grabado un mensaje
y que en la receta de mi vida
sólo tienen cabida
los que yo quiera degustar.

domingo, 18 de mayo de 2014

I (2º intento) de V


Un ejército de ángeles está alrededor de mí,
custodiando cada uno de mis excéntricos pasos.
No suena muy racional, lo sé,
pero es lo que mejor explica mi vida en Santiago.

Las paredes del zulo que es mi habitación
pueden parecer vacías, blancas y aburridas,
pero en cada atardecer se tiñen de color
y yo vuelo por encima de la contaminación
hacia un punto cardinal elegido al azar.

Dices que quieres conocerme mejor
pero eso nos puede llevar mucho tiempo.
Tengo una historia por cada cana que peino,
una canción para cada pequeño momento
y distinta sonrisa según la dirección del viento.

Tienes curiosidad por las riquezas que poseo,
pero seguro aparece el vértigo al razonar
que un beso vale más que un millón de pesos...
Y es que el dinero acá no tiene mejor utilidad
que el de comprar un par de cervezas a medianoche
para compartir en casa de un amigo y brindar
por cada uno de los abrazos que aún han de llegar.

No me consideres loco por susurrar al aire un "te quiero".
No es tan raro que un céfiro se sienta halagado
y en agradecimiento me traiga aromas lejanos
o me levante del suelo rodeándome en sus aéreas corrientes
que me acerquen al mar hasta dejarme en los rompientes
y allí contemplar como la marea dibuja
al ritmo de lo que le dicta la luna.

Si me pierdes de vista, no soy difícil de encontrar.
Cada madrugada estaré en la Alameda,
participando con los quiltros en locas carreras;
cada mañana en San Miguel,
abrazando gatos callejeros en calles desiertas;
cada tarde en mi azotea,
acariciando la primera estrella que aparezca.

Y si no aparezco en ningún sitio listado,
mira a tu alrededor...
Lo más seguro es que esté a tu lado
y que, por alguna extraña razón,
esta vez me haya quedado callado.


lunes, 12 de mayo de 2014

I de V

Abro un ojo a muy temprana hora en la mañana.
Lo primero que veo es a un Macaco en mi almohada.
Cierro el ojo, respiro profundo, decido despertar.
Al lado del simio ahora hay también una Cabra.

Aunque el mono sea mi tótem y mi animal guardián,
cuando trae amigos a casa al menos podría avisar.

-¿Qué es esta vez? -pregunto somnoliento.
-¡Vámonos de viaje! -responde el cercopiteco.
Me quedo mirándolo y arqueo el entrecejo.
Increíble, debe ser la primera vez
que una buena idea se le ocurre al bichejo.

Mientras agarro una mochila y me visto,
el mono hace los preparativos:
alquila una furgoneta,
la pinta de fucsia, verde neón y amarillo
y avisa para que vengan
otros dos amigos...

Al Lagarto
(porque en todo viaje que se precie
debe ir un tipo inexpresivo)
y al Águila
(porque nosotros somos muy divertidos
pero, ¿quién cuidará de nosotros
si sólo vamos nosotros?).

El mono dice que todo está preparado,
que está todo en condiciones,
y que ha llenado el maletero de Manzanas
como duraderas provisiones.
La cabra también ha "ayudado".
Lo único que ha hecho en toda la mañana
ha sido comerse mis pantalones.

El mono y yo nos rifamos a pares o nones
quién de nosotros dos conduce.
Y como siempre, el que gana es el lagarto
(silencioso e impasible, pero tiene suerte
hasta cuando no está jugando).

De manera que arranca la furgoneta
y damos el viaje como comenzado.
Anécdota sin importancia
que el lagarto tarde demasiado
en subir hasta el volante desde los pedales
y para cuando quiere reaccionar
ya ha derribado tres alambradas y dos vallas
y está atravesando todo el sembrado.

Un carabinero no tarda en darnos el alto
y cae la multa correspondiente.
No porque conduzca un lagarto
ni por el caos que ha organizado.
La multa es porque yo voy en paños menores.
Pero, ¿cómo explicar de modo convincente
que una cabra se comió mis pantalones?

El viaje es reanudado
y tras tres horas y cuarenta y siete minutos de camino,
tras mil carcajadas, mil comentarios desubicados,
mil canciones de excursión y mil chistes verdes...
el águila, el más racional de los presentes,
pregunta: "¿y cuál es nuestro destino?"

Momento incómodo.

El mono responde que el viajar
no tiene nada que ver con el llegar,
que el simple hecho de moverse
es el mayor placer de esta vida
y finalizar el viaje es un accidente,
algo accesorio aunque ocurra frecuente.

Pero sus farfulleos no esconden
que le han pillado con el carrito del helado.
Que tanto planificar y planificar y planificar...
y el sitio donde nos tendríamos que bajar,
eso no lo ha pensado.

El águila es contundente.
"No es un buen viaje si no hay destino en mente".
El mono es romántico.
"No importa el destino si el viaje se está gozando".
El lagarto simplemente calla.
Bastante tiene con intentar que la furgoneta no se despeñe
mientras la cabra vomita por la ventana.

Para que los dos contendientes dejen de discutir,
propongo la solución perfecta:
El viaje sólo acabará cuando lleguemos hasta ti.
Un trayecto de duración indeterminada
(como quiere el mono)
pero que tiene una meta muy clara
(como desea el águila).

Y aunque me verás llegar
en una furgoneta de colores chillones,
rodeado de animales locos
y para más inri sin pantalones,
al menos sabrás que todo lo viajado
no tiene otro significado
que no sea
el de fundirme en tu abrazo.

sábado, 10 de mayo de 2014

Otra más

Suelo componer más y mejor
cuanto peor me siento.
Pero en esta ocasión 
tengo detrás mía a Erató,
con una ametralladora 
apuntando a mi pescuezo
y diciendo a voz en grito:
"imbécil, continúa escribiendo".

Tampoco tengo nada mejor que hacer.
El día es gris y frío tras el cristal,
y parece que hoy tampoco te veré. 

Miro el desorden a mi alrededor.
Las sombras se alargan en mi habitación
y cada pliegue en mi manta 
quiere ser una muesca por cada vez
que perdí una ocasión.

Es curioso que ni en la mejor fiesta,
ni con los mejores amigos,
se alivie esta eterna sensación de soledad.

Una silueta femenina se dibuja
en el blanco cielo de invierno,
y me pregunto si es buen momento
para atreverme a acercarme más.

La araña de rincón 
que desde hace siete meses habita en mi corazón
baila un agarrado
con la araña tigre 
que hizo un nido en mi cerebro.
Por una vez, esas dos parecen tenerlo claro.

Yo no estoy tan seguro.
Pero realmente no sé si viviré tres mil años
o si sobreviviré siquiera 
a las próximas dos horas.

Mirándolo de ese modo, 
tampoco cuesta tanto tomar cualquier decisión...
pero a cambio sí cuesta demasiado
tomar la vida en serio.

Y mi vida no ha dejado de ser una broma.
Una broma divertida, estúpida, demente,
desubicada, incorrecta, sincera, vehemente...
Pero siempre solitaria.

Decido salir a la ciudad y enfrentarme al frío.
¿Quién sabe? 
Quizás, por una casualidad, te encuentre.

Dejo a las dos arañas bailando mientras me visto.  
Iré pensando si merece la pena arriesgarse,
iré pensando si me acerco a ti conscientemente... 
Pero creo que la respuesta es "sí" porque,
aunque saliera mal...
¿qué importa? 

No creo que pueda estar más solo que ahora.

jueves, 1 de mayo de 2014

La poesía del subfusil


Crucé el océano
y subí a las colinas cubiertas de bruma.
Me hice amigo del aguacero en el desierto,
de la contaminación de la ciudad,
de la soledad en los parques por la noche
y de cada animal que me quiera escuchar.

Acaricio el subfusil.

Alcancé la cima de las montañas,
rodé por los senderos cubiertos de polvo,
me dejé los pies en los rompientes,
y mi superyó pregunta nuevamente
"¿te arrepientes?"
pues él mejor que nadie sabe
que todo esto lo hice buscándote
sin saber siquiera si existías.

Dos cartuchos en la recortada.

Me instalé en la cueva más profunda
y es tentador quedarme acá,
arropado, en paz,
olvidarme del mundo de fuera
y olvidarte también a ti.
Pero sin saber muy bien
qué quiero conseguir,
escalo y salgo al exterior.

El cuchillo está bien afilado.

Los precedentes no son buenos.
Quizás realmente esté enfermo
por eliminar de forma consciente
todo pensamiento racional,
ignorar mis cicatrices
y querer compartir momentos contigo.

No debería hacer tantas locuras tan a menudo.

Pero esta vez no se cumplirá el guión...
El error me encontró preparado.
Y mis instintos y mi mente enferma
no se saldrán nuevamente con la suya.

Apoyo el subfusil en mi pecho y aprieto el gatillo.
El corazón sale despedido;
uno de mis gatos callejeros lo olisquea,
lo agarra con la boca y se lo lleva.

Me vuelo la cabeza con la recortada.
Mis sesos desperdigados protestan con vehemencia...
luego se distraen viendo por sí mismos el exterior
y se olvidan de mí.

Agarro el cuchillo y de un certero tajo
elimino también mis bajos instintos.
Resulta que se parecen algo a mí tras tanto tiempo juntos:
Una vez libres, mis genitales se van a hacer turismo.

Desde entonces camino por la vida
convertido en un eunuco con un agujero en el pecho
y con otro hueco donde antes había un cerebro.
He eliminado toda posibilidad de acercarme a ti.

Ahora mis amigos me dicen que,
últimamente,
mi conversación ha mejorado.
Que se me ve más inteligente,
que me visto con mayor propiedad,
que no estoy tan desubicado.
Que las muchachas se fijan más en mí
y que todos quieren llevarse bien conmigo
porque les parezco, de manera extraña,
un tipo muy interesante.

Es lo que pasa siempre:
Todo el mundo habla bien de ti
cuando no estás vivo.

Pero si yo me convertí en esto
fue para dejar de pensar en ti,
para dejar de soñar contigo,
para dejar de imaginar queriéndonos,
para llevar a cero la probabilidad
de acariciar tu cuerpo.

Sin embargo
las cosas no están funcionando.
En mis tres ausencias
la carne se regenera
y es tu nombre el que están formando.
Y de nuevo quiero salir afuera
para encontrarme contigo
y volver a enamorarme.

Preparo la motosierra.

jueves, 24 de abril de 2014

Nueva poesía en Santiago: Español, cristiano y poeta

Y cuando por fin tengo a la muchacha
frente a mí sentada en cena romántica
y en ambiente idóneo para ligármela,
cometo la terrible torpeza
de sacar el tema
y decirle lo que opino yo,
con sinceridad,
del presidente español.

Raudo aparece de debajo de la mesa
un sujeto con caro traje y cara mala,
diciendo que
"según la ley de Seguridad Ciudadana
es una infracción grave
el ultraje a las instituciones de España".

Yo protesto (con educación):
-¡Capullo con pinta de contable!
¿No habría que definir antes qué es ultraje?

Y él me responde (con educación):
-Al contrario, esta es la pauta.
Las leyes ambiguas permiten
cazar a los que son como tú, perroflauta.

Yo protesto (con educación):
-¿No hay una ley que me respalda?
¿Y mi libertad de expresión?
A ver si va a ser verdad eso
de que con Franco se vivía mejor.

Y él me responde (con educación):
-Te jodes, cabrón.
Si no naciste de sangre real
y no tienes fortuna ni aval
según el último catastro,
o una vez nacido no te enchufó algún concejal
o no te hiciste amigo de algún politicastro
para con esos méritos ser nombrado asesor,
se te aplica la ley nueva.
O, en su caso, la que más nos convenga.

Yo protesto (con educación):
-Pero, gilipollas chaquetero,
¿no ves que estoy en el extranjero?
¡Estoy fuera de tu jurisdicción!

Como por arte de magia,
aparece a su lado
un miembro del consulado:
-Haga el favor, ciudadano,
de comportarse y ser racional;
¡no vaya a convertir un problema doméstico
en un conflicto internacional!

Quizás evalentonado
por dos cervezas que,
antes de salir, en casa tomé
y que, curiosamente habían caducado
aunque fue ayer cuando las compré
en el supermercado de aquí al lado,
contesté (con educación):

-¿Me debo preocupar por lo que diga
el representante de un funcionariado
cuyo labor históricamente
la desempeñó un caballo?

Y hala, ya la he liado.
Estos petimetres no tienen nada que hacer conmigo
(ni siquiera la ley se ha aprobado)
pero, como buenos burócratas, a mí me han jodido...
Efectivamente, la chica se ha marchado.

Así que salgo cabreado del restaurante,
con mis convicciones nunca vacilantes,
pero con mi paso algo sí tambaleante.

Me recibe la que ya es habitual en mis poesías:
la ya célebre madrugada santiaguina,
además de cierto gato gris callejero
al que bauticé hace dos días como Joputesco
por su linda y amable personalidad.

La madrugada santiaguina, Joputesco y yo.
Trío calavera al que sólo faltaría
que se nos uniera el diablo
para montar una buena timba.
Y posiblemente así lo hubiera hecho el demonio
de no ser porque está con depresión.
Al parecer se está planteando arrepentirse
y subir al cielo.
Y es que su tradicional trabajo es últimamente innecesario.
Lo hacen mucho mejor
algunos de sus autoproclamados antagonistas
con alzacuellos inmaculados pero en el espíritu afiladas aristas.

De repente, aparece a mi lado, dando un bote
y chillando, un orondo sacerdote:
-¡Blasfemo! ¿Cómo pones eso en una poesía?
¡Un Padre Nuestro y cincuenta Ave Marías!

-¿Pero es que ni una poesía me dejarán hacer tranquilo?
¿Qué autoridad moral ostenta usted
como para decirme qué tengo o no qué poner?

Y el cura saca de debajo de su sotana
un montón de legajos
que muestran unos cuantos irrenunciables datos:
Mi partida de bautismo,
mi certificado de confirmación,
mi historial como catequista
y hasta la fecha de mi extremaunción.

Parece ser que ser cristiano
ya no es un acto de fe.
Parece ser que ser cristiano
es como una nacionalidad:
Lo que digan unos documentos.
Y nada más.

Repliqué con sosiego:
-Padre, perdone que me muestre en desacuerdo,
pero en mi humilde opinión
creo que, a pesar de los nuevos aires que entran en la Iglesia,
están alejándose demasiado de las figuras
del padre Daens y el padre Damián,
o de San Francisco de Asís,
o incluso del propio Jesucristo.
Así que, teniendo en cuenta que yo soy mayor de edad,
¿por qué no se busca a otro al qu...

No pude acabar una frase
que me habría metido en problemas.

Y no pude acabarla
debido a dos enormes dedos
que me agarraron del pescuezo
y me colocaron cara a cara con Dios.

-Hijo mío, te veo esta noche
bastante combativo y desvergonzado.

-Bueno, Señor, no acepto toda la responsabilidad...
¡que conste que eres Tú quien así me ha creado!

-De acuerdo, tanto para el caballero.
Ahora respóndeme, ¿qué haces tú para mejorar todo eso?

-Por supuesto, mi Señor.
Lo que hago es escribir
sobre todo lo injustificable
que en este mundo acontece,
en las diversas redes sociales.

Dios frunció el ceño y puso delante de mí
la Celestial Grabadora.
Así pude oírme decir:

-Por supuesto, mi Señor.
Lo que hago es escribir
sobre todo lo injustificable
que en este mundo acontece,
en las diversas redes sociales.

Dios me miró fijamente.

Yo puse mi mejor cara lerda
y musité:
-Que yo mismo me doy ya
una hostia con la mano abierta,
¿non?

Dios suspiró, me despidió del cielo
y me encontré de nuevo sobre la tierra. 

Parece ser que todo fue un sueño,
pues abrí los ojos
y me encontré en una reunión de poetas y bohemios
y uno de ellos terminaba de recitar en ese momento:

"No tengo miedo, 
más siento
en mi pecho una opresión.
Si no se me condenó a vivir solo,
¿por qué se me condena a vivir sin amor?"

Al parecer, me tocaba leer a mí...
pero decidí improvisar.
Y nació un bello verso de rima asonante:

-Te meto un pollazo en toda la cara
que te quito la ñoñería, gilipollas.

Pude verlo en sus ojos.

Pude verlo en los ojos de todos esos poetas
románticos y bohemios...

Efectivamente.

Como era de esperar, no apreciaban la poesía minimalista.

Y me desperté del auténtico sueño
cuando me echaban a patadas de otro sitio.

Ahí estaba, recostado en la madrugada santiaguina,
con Joputesco dormitando en mi regazo
y en el suelo un par de latas de cerveza vacías.

-Te juro por la novia que no tengo,  
que no vuelvo a bebérmelas caducadas

Pero escuché de Joputesco su ronroneo:
-No puedes jurar por lo que no existe.

-¿Lo juro por el mundo?

Escuché de Joputesco su murmullo quedo:
-No puedes jurar por lo que no te pertenece.

-¡Lo juro por mi vida!

Escuché de Joputesco un maullido lastimero:
-Júralo por el mundo,
es más tuyo que tu vida.

Y Joputesco cambió de postura
y cayó en un plácido sueño.

lunes, 7 de abril de 2014

Dedicado a "Laura"

Preciosa Laura...
Si mis cálculos no me fallan,
vuelves a tu país esta madrugada.

En nuestra despedida prometí no buscarte,
prometí incluso por azar no encontrarte,
pero nunca juré no despedirme de ti...
Y si no puedo hacerlo en persona
pues sé lo problemático que sería,
al menos déjame escribirte una poesía
que es imposible que llegues a leer.

Para que todos lo sepan,
conocí a Laura una noche,
hace unas semanas,
a una hora indeterminada.
Yo volvía de estar en la fiesta
que organizaba en su casa
el amigo de un amigo...
Fiesta, sinceramente,
cuyo motivo ni recuerdo
ni ahora importa.

Yo había bebido una copa de más
(lo sé, menuda novedad)
y la Plaza de la Constitución estaba en silencio...
hasta que la escuché gritar.
Era una mujer más o menos de mi edad,
cabello azabache, piel canela como la canción
y unos bellos ojos negros y salvajes
que reconozco podrían haber sido los culpables
de llevar al demonio hasta su perdición.

El grito no era debido
ni a un robo, ni a un asalto, ni a un infarto al corazón...
la muy loca estaba increpando a una pareja de carabineros
(acusándoles de la muerte de Salvador Allende)
y salían de su boca mil insultos en un español de irreconocible acento
junto al inconfundible hedor etílico que abrazaba su aliento.

Yo nunca he sido inteligente.
Y antes de que la situación tomara un cariz violento,
grité el primer nombre que me llegó a los labios en ese momento...

¡Laura!

Influenciado, he de reconocerlo,
por haber releído en la fiesta unas horas antes
-para hacer la coña-
el surrealista mensaje de despecho y despedida
de una ex-novia enfurecida.

La muchacha recién rebautizada
quedó afortunadamente callada
(y bastante extrañada)
mientras yo azorado les explicaba
a la pareja de carabineros
que la chica era una amiga mía,
que había bebido demasiado
y que la había perdido sólo un momento de vista...
Les agradecí que la hubieran encontrado
y me disculpé mil veces con los pacos.

Dios estuvo de nuestro lado.
Tras soportar un breve sermón indignado,
avisándonos del lío que nos podríamos haber buscado
y creyendo que no éramos más
que un par de turistas españoles agilipollados,
los carabineros nos dejaron marchar.

Dos cuadras más lejos,
la muchacha vomitó lo que llevaba dentro.
Luego me miró con sus ojos fieros
y recalcó con voz temblorosa
que no estaba borracha,
que simplemente había sufrido
un arrebato emocional
y que con alguien (aunque fuera carabinero)
lo tenía que pagar.

Por supuesto, sonreí irónico,
era un motivo tan lógico...

Le pregunté su nombre.
Ella me devolvió la sonrisa sarcástica
y respondió:
"Laura".

Y así fue como se conocieron
en la madrugada santiaguina
la bella y temeraria felina
y el flaco poeta buscavidas.
Lo que quedaba de noche
lo pasamos sentados en un banco
hablando de nuestra vida y milagros
incluyendo hasta el más íntimo detalle.

Así supe que Laura
era chilena de nacimiento,
estadounidense de adopción,
apátrida de corazón,
rencorosa hacia el mundo por devoción.
Supe de la primera vez
que sufrió por amor,
supe de sus problemas con sus padres,
de su vuelta a Santiago
para arreglar cierto papeleo
que ni le interesaba ni le importaba,
supe que siempre se emocionaba
escuchando a Air Supply y Willie Nelson
o leyendo a Jodorowsky y Mariano Azuela,
y que temporalmente se hospedaba
relativamente cerca de Tobalaba.

Y los primeros tonos dorados del alba
nos encontraron caminando,
agarrados del brazo
y con pasos levemente tambaleantes
en busca de algún lugar abierto
donde desayunar alguna sopaipilla...
sabiéndonos al borde de caer en el río del amor
pero manteniéndonos a duras penas en la orilla.

Continuamos paseando toda la mañana,
hasta que los efectos de la noche anterior
hicieron acto de aparición
y adormecidos nos recostamos
reposando el uno en el otro apoyados,
a la sombra del cerro San Cristóbal.

Y a la tarde llegaron nuevas horas maravillosas a su lado,
aunque el sol se cansó de observarnos
y nos dejó bajo el rojo ocaso,
mirándonos embobados,
una nariz separada por tres milímetros de la otra nariz...

Pero no caímos en la tentación.

Y mi viejo amigo, el barrio Bellavista,
nos abría sus brazos,
engulléndonos en su interior.

Alquilamos una habitación para pasar la noche
en un motel bonito pero relativamente barato
(aunque quizás fuera realmente horroroso y caro,
pero yo no quiero así recordarlo).

Ella me acarició
y me miró fijamente.
Me dijo que siendo yo tan buena persona,
le daba miedo
todo lo que llegaba a ver en mis ojos.

Yo suspiré y rompí ese momento
cayendo a plomo en la cama.
Ella esbozó su sonrisa felina y,
de mala gana,
preguntó:
-¿De veras no va a pasar nada?

A mi pesar, asentí.
Ella se desnudó por completo frente a mí,
se tumbó a mi lado,
me abrazó y ambos nos quedamos así
durante demasiadas horas.

La mañana siguiente sería la mañana del adiós.

A pesar de que era un día caluroso y soleado,
lo recuerdo como envuelto en bruma.
Ambos nos dimos cuenta de que,
sólo por el hecho de nacer, la vida es injusta.
Nunca sabes si cuando estás con una persona
será la última vez que la veas...
pero es tremendamente cruel cuando sí lo sabes.

Por primera vez,
Laura y yo nos besamos.
Nos besamos con desesperación, con anhelo,
con furia, con deseo...
Ambos sabíamos que no volveríamos nunca a vernos.

No hubo una sola lágrima por su parte ni por la mía.
Era una condición que nos había impuesto la vida
por haber dejado que nos conociéramos.

Como ves, mi loca y perfecta Laura,
han pasado las semanas
y no he olvidado la fecha de tu partida.
Si me preguntan, diré que jamás ha ocurrido,
que todo es inventado,
que jamás exististe,
que esta poesía
no es más que una parida
por una desubicada alma escupida
debido a que se aburría...

Pero si tú, mi preciosa felina,
mi amor de tres días,
por una casualidad de la vida llegaras a leer esto,
ten por seguro que tu recuerdo quedó grabado
en el espíritu de este desgraciado.
Te deseo buen viaje en esta madrugada
de vuelta a ese país que,
al igual que este, no sientes como tuyo.

Y te pido perdón
y ojalá no te ofendas...
Ojalá comprendas
que teniendo allí un buen esposo
y un niño de cuatro años,
simplemente me sentí incapaz,
pequeña Laura querida,
de complicarte la vida.