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miércoles, 27 de enero de 2016

Guerra de Pavos 2: Introducción

Me resulta tan difícil creerlo… todo se ha ido. Todo. Ya no existe. No hay Fuerzas del Caos. No hay ocasos eternos. No hay una alteración bizarra y surrealista en nuestra civilización, no hay monstruos saliendo de desagües rotos, no hay gallinas gigantes corriendo por páramos desolados, ni cuervos parlantes, ni ridículos mutantes por doquier, ni…

No. Todo se ha ido. Todo se ha marchado. El mundo ha vuelto a ser normal. Sospecho que algún estúpido rebelde ha descubierto la manera de despedir las Fuerzas del Caos de nuestro mundo. Todo vuelve a ser como antes. Todo.

Miro el amanecer a través del sombrío cristal de un tren. Me miro a mí, con traje, corbata y bien afeitado, en dirección a la oficina. Miro a mi alrededor. Una multitud de gente apretujada y con cara aburrida y somnolienta, leyendo grises noticias en grises periódicos que hablan de gente muriendo por la indiferencia de otros, sin querer pensar en cómo la gris rutina les devora a ellos.

Esto no debería ser así. O, mejor dicho, sí debe ser así. Pero durante un tiempo, no lo fue. No debería serlo.
Las Fuerzas del Caos entraron en nuestro mundo y lo convirtieron en algo distinto. Pero no peor. Nunca peor. Yo era un guerrero. Ahora no sé lo que soy.

Y lo más inquietante, no sé porqué soy el único que puede recordarlo. Mis amigos han vuelto a como eran antes. Creen que siempre han vivido aquí. Ni siquiera los que mutaron. Y yo he intentado transformarme de nuevo, miles de veces. Nada ha pasado. Nada ha ocurrido.

Me siento solo.

Me siento tan solo…

Grité una maldición al despertar. Miré a mi alrededor. Un extenso páramo desolado. Yo estaba dentro de un viejo saco de dormir, tumbado en un lecho de hierba anaranjada, arropado por un rojizo cielo decorado de nubes violáceas y bandadas de pteranodones. En el horizonte, sólo son distinguibles las ruinas humeantes de una antigua ciudad. A mi lado, un enorme pavo de dos metros y medio de altura dormita con cara de mala leche. Un poco más lejos, los cadáveres medio devorados de tres mapaches cornudos gigantes y el cuerpo descabezado de un sectario propagandista son el mudo aviso de que mi pavo y yo no somos tan gentiles como parecemos.
-Qué pesadilla tan horrorosa –murmuré-. Por un momento, creí que todo había dejado de ser normal…

Y, suspirando, me acomodé en mi saco de dormir y cerré los ojos.

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