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jueves, 24 de junio de 2021

Lechuza y búho (y otras poesías dedicadas)

Anochece en mi ciudad,
mis pasos carecen de destino.
La lluvia se niega a escampar;
te busco en un intento sin sentido.
Empapado, vago pensando en ti,
sabiendo poco más que existes.
Por ti cruzaré océano, cordillera,
vuelvo a arriesgar el alma entera.
Aunque te ame en base a imaginarte,
aunque el pasado mi nombre manche...
Negamos, desconfiamos, dudamos,
pero estás dejando que me acerque.
Dices mi nombre, creo que me sientes,
eriges un puente entre continentes.
Ríes tan lejos de mí que otra vida parece,
mas con tu risa siento mi amor creciendo.
Amor que creía olvidado hace tanto tiempo,
pasión que, aún sin tocarnos, abraza tu cuerpo.


***

En un bosque oscuro de viejos robles cubiertos de musgo

se escucha en la niebla el desganado ulular de un gran búho.

Sus plumas de color gris han perdido brillo;
el errante vuelo no tiene patrón ni destino;
sus fuertes garras ya no tienen tanto filo;
cien cicatrices salpican las largas alas...
pero a él poco parece importarle.  

El gran búho gris vuela libre bajo la luna menguante
acompañando las correrías de ciervos y lobos.
Gritando en la noche, esquiva cuervos, azores y ramas,
volando rasante sobre las aguas de los arroyos.

Nadie sabe de dónde vino,
nadie sabe qué hace en el bosque.
La vida podría haber seguido así para el gran búho
de no ser por la noche que se acercó al gran abismo
que parte en dos el arcano bosque oscuro.
Un profundo y ancho despeñadero
de tan fuertes ráfagas de viento
que hacen imposible cruzar al otro extremo.
El animal cazaba por allí cada pocas noches
pero, en esta ocasión, todo cambió en un momento.

En el otro lado de la sima,
volando grácilmente, una joven lechuza
apareció reflejando los rayos de luna.
Su oscuro plumaje, sus ojos centelleantes,
su ulular vibrante, su belleza notable...

El gran búho gris quedó en silencio, perplejo,
contemplando a la joven lechuza oscura,
observando cada uno de sus movimientos,
admirando su silencioso vuelo,
tan cerca y, a la vez, tan lejos.
Algo se movió en su pecho. 

A partir de ese momento,
el gran búho acudió cada noche
al precipicio, al encuentro
de esa joven lechuza cuyo vuelo
le provocaba olvidados sentimientos.
Se olvidó hasta de cazar;
nada más le podía importar
que el mirar desde una orilla
la que le parecía la más bella criatura
aunque fuera imposible de alcanzar.

Estuviera la noche lluviosa o fría,
ya nevara o la tormenta amenazara,
el búho gris cumplía su ritual.
Pero, ¿era esa su felicidad?
¿El ver a la joven lechuza volar?
¿O era esa su frustración?
¿El que no pudieran volar juntos los dos?

El gran búho gris observó el despeñadero.
Las corrientes de aire amenazaban
incluso el pensamiento.
Pero esa joven lechuza merecía la pena,
no importa lo arriesgado del intento.

El gran búho gris abrió sus largas alas
y, con un aleteo, desafió al viento.


***


Como una gota de agua
encuentra su otra mitad
en medio del océano,
a la deriva en el mar,
nos encontramos,
así por casualidad.

Si la vida complotó
para que nos conociéramos,
si a pesar de los pesares
nos amamos,
si abrazo la locura
con tal de llegar hasta ti...

Con los pies descalzos
camino, metro a metro,
camino, mi negrita,
hasta tenerte frente a mí. 

Mis manos ensangrentadas
apartan cada roca en la calzada,
mis ojos te buscan bajo la luz del alba,
mi pecho late por ti hasta doler
y es que no existe problema, pena o fuerza
que me impida llegar hasta donde estés...

Extraño tus besos y aún ni te besé.
Extraño acariciar tu pecho y aún no te amé.
Si ya conozco tu olor, el tacto de tu piel,
tu sabor y tus caricias, si en otra vida, quizás
fuimos ya un único ser...
no existe distancia, tiempo o problema
que pueda evitar que te vuelva a abrazar.

Me reflejaré en tus ojos siempre,
te amaré aunque el mundo se derrumbe...
porque no necesito más luz o calor
que la que me das con tu amor;
porque no quiero más vida
si no es contigo, mi negrita.


***

Veinte años y un océano 

nos separan.

Miedos y dudas hacen larga

la madrugada.

Abrazo la almohada,

una opresión en el corazón.

La gente no comprende, 

a veces, tampoco yo.


Pero me dices "te amo"

y rompes toda distancia.

Escuchar tu voz 

devuelve a mi vida la esperanza.

Perdóname, Alexandra,

al final sólo soy humano.

Aunque lo que sí te juro

es que nadie te ama como yo te amo.

Y no tengo presente ni futuro

si no estoy al lado tuyo.

Puedes llamarme loco, 

pero eres mi amor, mi esposa, mi todo.

Alexandra, mi himno es tu nombre,

mi bandera son tus ojos.

Y solo existe la alegría

si estás en mi vida.


martes, 15 de junio de 2021

GdP2: XXXVI

 Me sorprendo al comprobar que el hombre-dragón tiene razón. Desde la fortaleza de La Doctrina, el estruendo causado por disparos, gritos y ráfagas de ametralladora aumenta. Estoy a punto de ordenar un ataque general cuando suena detrás de mí unas notas musicales que recuerdan a... ¿lambada?

-¡Désirée ha llegado! -grita una joven que parece haberse materializado desde la propia música-. ¡Alegrad esas caras! Sé que todo parece perdido, pero la música me ha llevado hasta aquí para ayudaros a derrotar el caos y...

La tal Désirée dejó de hablar y se quedó mirando fijamente a Sir Rosis, Fresón, Cubbi y Cuchuflí Montoya.

-Esto... se supone que sois el Comando Caprino... ¿qué hacen aquí estas criaturas caóticas?

-Hemos firmado una tregua -respondí sin saber muy bien qué estaba ocurriendo.

-Ah... el pentagrama no me había dicho nada de esto... ¿podría hablar con Celia, vuestra líder?

Suspiré apesadumbrado.

-Celia abandonó hace unas cuantas entradas. Podría decirse que soy el líder ahora mismo, pero con estos pirados cualquier cosa es cuestionable. 

Désirée frunció el ceño.

-¿Y por qué está aquí el Señor del Castillo de la Rosa, el mayor supervillano de este universo?

-Bueno... al parecer, él también está aliado con nosotros temporalmente -respondí sin ganas.

-Hubo una nota discordante en el tejido de la realidad musical, pero nunca creí que fuera tan enormemente discordante -Désirée sacudió la cabeza.

-No entiendo muy bien a qué te refieres, pero...

En ese momento, Chencho llegó corriendo.

-¡Tú! ¡Tú eres una músicamante! -gritó nuestro interdimensionador.

-¡Sí! -contestó orgullosa la recién llegada-. ¡Así es!

-No entiendo nada -reconocí.

Los demás se acercaron, curiosos. Chencho parecía el más entusiasmado, a pesar de la mirada celosa de Rigoberta.

-¡Llevo años intentando encontrar a alguien con el dominio de la músicamancia! ¡Esto es maravilloso!

-Vale, la chica es muy maja y tal -dijo Cafre encogiéndose de hombros- pero, ¿por qué tanta emoción?

El Señor del Castillo de la Rosa le respondió:

-Los músicamantes pueden alterar la propia realidad al modificar el entramado musical que se entrelaza con nuestra existencia. Si sus poderes se combinan con un interdimensionador, el contínuo espacio temporal puede ser...

-Vale, vale -le interrumpió Cafre-. Ahora explícalo para legos.

Daniel resopló.

-Imagina que estás jugando un videojuego de rol. Puedes desarrollar tu personaje como un mago o como un guerrero. Terminas el juego como guerrero. Vuelves a jugarlo, y lo terminas como mago. Ahora, imagina que pudieras coger los puntos fuertes de esos dos personajes (que en realidad es el mismo, sólo que en historias alternativas) y fusionarlos en una versión mejorada del mismo personaje... un interdimensionador y una músicamante pueden hacer lo mismo en la realidad. Tomar los puntos fuertes de otras versiones nuestras de universos alternativos y fusionarlos en nosotros.

-Sólo entendí que vamos a jugar un videojuego -contestó Cafre abriendo los brazos, ante la exasperación del Señor del Castillo de la Rosa.

-¡No hay tiempo para más explicaciones! -dijo Désirée-. ¡Una gran nota desafinada amenaza nuestra existencia! -y añadió, mirando a Chencho-. ¡Interpretemos nuestros poderes al mismo tiempo y aumentemos nuestro poder junto al de nuestros aliados!

Y así lo hicieron. Yo mismo no entiendo lo que ocurría, pero una intensa música inundó nuestras mentes al mismo tiempo que multitud de extraños recuerdos y vivencias de nosotros mismos en universos distintos saturaban nuestras almas.

De repente, tal como había comenzado, todo terminó. Nos miramos los unos a los otros. Podíamos sentirlo. Éramos más fuertes, más inteligentes, más guapos. Incluso Vicky parecía haber crecido un par de centímetros. 

Chencho estaba pletórico. Sin embargo, Désirée se extrañó y preguntó:

-Pero esos dos, el Señor del Castillo de la Rosa y Cafre, no han cambiado... ¿acaso sus versiones en este mundo eran mejores en todo que cientos de versiones en otros universos?

Era cierto. Al menos en apariencia. Porque Chencho explicó enseguida:

-No. Echa un ojo a sus habilidades en vez de sus atributos... es en lo que han mejorado estos dos panolis... 

Désirée comenzó a enumerar:

-El Señor del Castillo de la Rosa ha aumentado su habilidad "traición" en siete rangos; su habilidad "uso de venenos" en cuatro rangos; "apuñalar por la espalda" en cinco; "planificar maléficamente" en tres; "exterminio de héroes" en cuatro; "invertir en bolsa" en seis... ¡Ay, ay, ay! ¿Y Cafre? ¿En qué ha mejorado Cafre? Vamos a ver... no puede ser... "resistencia a embriagarse con cerveza" ha aumentado en dos rangos; "conocimiento rolero" ha aumentado en trece rangos; "dominio de preliminares sexuales" en cinco rangos; "conocimiento de anime" en ocho rangos; "silvicultura" en dos rangos...

Suspiré. Mientras seguían sonando las notas musicales en mi cabeza, me di cuenta de que ya ni siquiera estaba sorprendido.




jueves, 2 de enero de 2020

GdP2: XXXIII


La música es orden y caos. Sonido y silencio. Ciencia matemática y profundo sentimiento. Todo y nada a la vez. Y esa complejidad melódica extiende sus fibras por cada rincón del multiverso. Si una persona es capaz de fundirse con esas fibras, pulsarlas, sentir el pentagrama de la misma existencia... entonces es capaz de hacer milagros.

Désirée es esa persona. Es la música y la música es ella. Hasta que sintió una nota discordante en el caótico orden de la música. Supo que debía intervenir, por lo que comenzó a bailar. Su baile le hizo atravesar océanos y continentes hasta llegar a su destino...

Désirée detuvo su baile y la música se transformó en carne, hueso y sangre; en una jovencita de ojos alegres, amplia sonrisa y voluptuoso cuerpo, con la música haciendo brillar su cabello y los velos que porta, en caleidoscópicos reflejos azules y púrpuras...

Pero algo va mal. Désirée lleva su mano a la nariz y contiene una naúsea. Su baile la ha llevado hasta una inmensa y yerma llanura de tierra gris cubierta de miles, quizás millones, de cadáveres en descomposición. Numerosas bandadas de buitres, tan panzudos que casi no pueden ni revolotear, brincan de aquí para allá. Al mismo tiempo, un grupo de cinco o seis personas vestidas completamente de negro (a excepción de una mascarilla blanca que cubre sus bocas y narices), arrastran los destrozados cadáveres, uno por uno, y hacen montones con ellos. Después barren la tierra y echan lejía. Saben que sus vidas no son lo suficientemente largas como para terminar de limpiar la llanura, pero es su labor. Y ellos son personas resignadas. Abnegadas. Decididas. Impasibles. Entregadas. Son tramoyistas.

Désirée se acercó a ellos.

-¡Hola! Disculpen, ¿puedo hacerles una pregunta?
-¡Hola, bonita! Sí, claro, ¡tú dirás!
-Es que se supone que yo debía aparecer en una gran batalla. Pero... acabo de llegar y resulta que no hay batalla, está todo lleno de cadáveres, no entiendo...
-Bueno, sí, aquí hubo una gran batalla. Pero estamos hablando de la entrada número seis de esta mierda historia.
-¿Eh? ¡No me digan que he llegado tarde! ¡Pero si sólo me di una ducha! ¿Por qué entrada va ya la historia? ¿La nueve? ¿La diez?

El tramoyista miró a Désirée con una mezcla de extrañeza y compasión al responder.

-La historia lleva más de treinta entradas. La número seis fue escrita en septiembre del 2016 y estamos empezando el 2020...

-¡Cagüenlaputa!

Y, jurando en gaélico de una manera muy fea, Désirée se convirtió de nuevo en música y comenzó a dar saltos espacio-temporales a ritmo de foxtrot.

 ***

En otro lugar, muy lejos de allí, Daniel, Cafre y Cuchuflí Montoya caminan con paso decidido bajo un nocturno cielo sin estrellas.

El gran simio suspira.
-No me gusta ésto.

Daniel, el oscuro señor del Castillo de la Rosa, lo ignora.
Cafre se encoge de hombros.

-A mí no es que me guste ni me disguste. Es que no me apetece, es una jodienda...
-Soy una criatura caótica pero me siento sucio prestándome para algo así.
-Te entiendo. Pero Herji, Chess y Rigoberta son parte implicada. Aunque la idea haya sido de mi cuñado, él mismo es incapaz de contenerse. Y lo mismo sirve para Vicky. Chencho sería perfecto, pero no podemos arriesgarnos a que le dé uno de sus cortocircuitos. El bueno de Sir Rosis es demasiado noble y, desde luego, Cubbi no pega para este trabajo. Quedamos nosotros.
-¿Estás seguro que el plan de Fer funcionará?
-No lo sé. No soy tan listo como él, así que no sé si funcionará. Pero si mi cuñado piensa que va a funcionar, posiblemente es porque vaya a funcionar. Yo confío en él. Anda, alegra la cara. Prometo invitarte a un té negro cuando todo esto termine.
-Cuando todo termine, terminará también nuestra tregua. Deberemos matarnos unos a otros.
-Ah, sí. Tienes razón. Bueno, propongo que la tregua no termine hasta que te invite a ese té. ¿Hace?
-Hace.
-Bueno, atentos ahora... ahí está la barraca donde tendrá lugar la reunión.

Y Cuchuflí Montoya, el gran simio, apretó contra su pecho el maletín que portaba y del que dependía el éxito de la misión.

Y sí, en un momento tan poco apropiado, Cafre comenzó a cantar una de los Pollastres Mitológicos:


Quería decir algo trascendental
y parecer interesante.
Quería aparentar
que soy hombre de mundo
y que nada de esto me afecta.

Pero el café se enfrió, 
la cerveza se calentó
y lo más interesante en mí
son mis pies cubiertos de barro.

No te das cuenta.
No dejas de hablar
y aprietas mis dedos en tu mano.
Yo te miro, callo
y, en un gesto nervioso,
me rasco la cicatriz.
Me pregunto como reaccionarás,
cuando comprenderás
que, mientras haces planes de futuro,
yo llevo días despidiéndome de ti.
Tú te sientas a mi lado, feliz,
y yo estoy a kilómetros de aquí;
en un lugar oscuro 
al que deseo tanto como temo,
a donde siempre regreso.

Quería aparentar 
que soy hombre de mundo
y que puedo afrontar 
lo que haya de pasar.
Pero no estoy preparado 
para quedarme a tu lado.
Y preferiría no escuchar
que me pretendas acompañar.

No lloro, ni río, ni siento.
Tú sigues hablando.

Yo estoy muy lejos.

lunes, 18 de noviembre de 2019

GdP2: XXXII


Respiro hondo. Un hedor acre inunda mis pulmones. A duras penas consigo que mis manos dejen de temblar. Los ojos me lloran. Quiero pensar que es por las nubes de gas y no por los compañeros que han muerto. El sonido de las balas parece detenerse por un momento. Están recargando. Miro hacia arriba. Busco el cielo, pero sólo veo humo.

El cadáver de Fresón, la fiel montura de Sir Rosis, me sirve de improvisada trinchera. De repente, entre varias explosiones, escucho lo que parece una melodía. ¿Estoy acaso desvariando? Echo una rápida ojeada al campo de batalla y mi corazón se encoge.

Es Cafre. Transformado en hombre-chivo, lucha contra un pelotón de soldados. Los enemigos disparan, pero a él no parece importarle las balas que perforan su cuerpo. Les embiste, quebrando huesos y rompiendo cabezas. No sé si admirarle o compadecerle. Si en su forma alternativa tuviera el suficiente cerebro, sabría que sus heridas son ya mortales. Pero no lo sabe. Y mientras la parca no decide que ha sido suficiente, continúa luchando. Si le quedan minutos o segundos de vida, sólo el destino lo sabe.

Y mientras riega con su sangre el campo de batalla, en su desvencijada radio suena su grupo favorito, "Los Pollastres Mitológicos".

Otra noche sueño contigo
aunque aún siga sin conocerte.
En este plano oscuro
sólo intuyo la línea que nos une.
Mis ojos buscan el punto
donde consiga encontrarte.
Reconozco que dudo 
si lo conseguiré en esta vida
o será ya en la siguiente.
No importa.
Aunque sólo me quede la muerte
seguiré corriendo hacia ti.

Cierro los ojos y sueño
y te busco sin ser consciente.
Quiero creer que existe
la línea invisible que nos une.
Que, aunque tiempo y espacio
se retuercen,
tú también me sientes.
Quiero descifrar
la pista que me dejé a mí mismo
cuando estaba borracho y dormido.
Mas sólo veo un garabato;
tengo miedo de volver a dormir
por si todo cobra sentido
y deja de tenerlo al despertar. 

Mi pecho se oprime
al querer llenarse con lo que aún no eres.
Mi voz se enmudece
al escuchar la realidad.
Mi razón quiere justificar
lo que no tiene existencia.

Mi instinto quiere cambiar la canción,
quiere olvidarte antes de que llegues;
prefiere caminar con mi única compañía
y me mira, mitad pena, mitad desprecio. 
Me siento tentado de darle la razón;
pero eso implica reconocer 
que he desperdiciado mi vida
y prefiero creer la esperanza de una mentira
antes que en una realidad vacía.

La música termina, antes de tiempo, con una explosión. También la vida de Cafre. Mi compañero, el que tantos dolores de cabeza me provocó, el supuesto salvador de mi pueblo, cae al suelo desmembrado. Recuerdo que esa canción terminaba con el instinto llamando gilipollas al autor y reventándole la cabeza para que dejase de sufrir.

Se hace, por un instante, el silencio en el campo de batalla.

El humo se dispersa. Veo a Chencho tendido sobre las piernas de Rigoberta. La sanadora llora mientras, impotente, intenta devolver la salud al maltrecho cuerpo. Grita que le ama, que le ama desde la primera vez que le vio. Pero Chencho no tiene fuerzas para responder. Sólo consigue alzar la mano lo suficiente como para acariciar una mejilla anegada en lágrimas.

Me levanto. Todo está perdido, pero aún puedo llevarme a alguno por delante. Ni siquiera eso me es concedido. Sin comprender, siento cómo algo atraviesa mi espalda y veo sobresalir la hoja de una espada por mi abdomen. La voz de Daniel, el Señor del Castillo de la Rosa, resuena en mi nuca.

-Lo siento, Herji. Esta batalla se ha perdido. Prefiero apostar a caballo ganador.

Todo se vuelve negro.

-Y ya está -dijo Chess, recogiendo sus dados de hueso-. Ese es el relato de los antiguos espíritus difuntos. Lo siento, Herji. Según sus predicciones, todos morimos si decidimos seguir esa mierda de estrategia tuya.

Sentí como todos me miraban con cara de circunstancias. Tragué saliva.
-¿Puedo preguntar cuántos posibles futuros alternativos has visto?
Chess me miró como si fuera imbécil.
-¿Posibles futuros alternativos? ¿De qué coño hablas? ¿Te crees que estás en una película de superhéroes? Yo le he preguntado a los antiguos espíritus difuntos si tu estrategia tendría éxito. Y la respuesta está clara. Nos fostian de mala manera. Así de claro. Fin de la consulta.

No conseguí controlar mi frustración. Me encaré con el Señor del Castillo de la Rosa. 
-¡Aunque quizás nuestras posibilidades sean mejores si terminamos con un traidor antes de que él termine con nosotros!
Daniel me miró como quien mira a un insecto.
-¿Estás seguro que me quieres acusar de algo que no ha ocurrido?

En ese momento Chencho se acercó con ademán serio.
-Herji, ¿podemos hablar a solas?
Asentí con la cabeza y nos alejamos unos metros de los demás.

-Dime, Chencho.
-Herji, ¿estás seguro de que ese destino sea erróneo? Quizás debamos llevar a cabo tu plan de todos modos.
-¿Qué? ¿De qué me estás hablando? ¡Pero si nos matan a todos!
-Sí, pero si te fijas, Rigoberta y yo terminamos juntos...
-¡Morís juntos! ¡Es algo distinto!
-No sé, a mí me parece tierno...

Si no fuera porque en ese momento llegaron Fer y Cafre, habría estrangulado a nuestro interdimensionador.
-¿Y vosotros? ¿Qué queréis?
-Sé cómo vencer a La Doctrina -respondió el hombre-dragón.

Miré a Fer a los ojos. Y supe que decía la verdad.

Continuará

miércoles, 1 de agosto de 2018

Rabia y olvido

La que era tu luna nos contempla.
Siento tu rabia.
Veo cómo se desfigura tu rostro al gritarme.

Pero no puedo oírte.
Eso te enfurece aún más.

Sé que me odias por olvidar.
Me pregunto si realmente olvidé
o si sólo me convencí de haberlo hecho.
Me pregunto si es lo mismo.

Siento tu rabia.
Me golpeas con fuerza.

Mi labio se parte.
El sabor a sangre inunda mi boca.

Pero, por mucho que gritas,
aún no te escucho.

Me golpeas de nuevo.

Mi rodilla se clava en el suelo.

Tu grito llega como un susurro.
Me obliga a recordar.

Dios mío.
Había olvidado cuánto la amaba.

Juré que no lo olvidaría.
Juré que no olvidaría sus ojos llorando,
mirándome por última vez.
Pero olvidé, incluso, que había jurado no olvidarlo.

Me levantas y me golpeas.
Mi estómago se rinde.

Por fin te escucho.

Me odias por convertirnos en lo que ves.

Quisiera decir que lo hice lo mejor que pude.
Pero sería mentira.

Miras las cicatrices que te dejaré en herencia.
Recuerdos de una ceja abierta,
unos nudillos reventados,
un tabique nasal desviado,
un corazón que late por inercia.

Me golpeas.
Miro mis manos,
cubiertas por la sangre que mana de mi nariz.

Estoy cansado de que me pegues.
Aunque tengas razón.

Por mucho que lo odies,
no puedes evitar convertirte en lo que soy.

Prefiero recordarte con cariño.
Me voy.

Sé que volveré a encontrarte
en noches como ésta,
que hacía tantos años no pisaba.

Lloras de impotencia.
Te aprecio.
Aunque me odies,
te aprecio.

Pero soy incapaz de llorar por ti.
De llorar contigo.

Te dejo llorando.
Recojo mi sangre.
Vuelvo a centrarme en la noche.

Dios mío.
Había olvidado lo mucho que la amaba.

miércoles, 25 de julio de 2018

GdP2: XX

Recuperé mi wakizashi del cuerpo sin vida de un desafortunado engendro del caos. Delante de mí, retándome, se erguía ese extraño ser llamado Kuroko. Era más parecido a una sombra que a un ser de carne y hueso. Pero la letal energía verdosa que emitía su cuerpo no era broma alguna.

Eché un vistazo al campo de batalla. En nuestro bando Herji, Chess y Chencho estaban fuera de combate. Respecto a nuestros enemigos, Xhugra había pasado a mejor vida. Me gustaría decir lo mismo respecto al Mariscal de Campo, pero ese cadáver viviente tiene la mala costumbre de recomponerse tarde o temprano.

El multitudinario combate inicial se había convertido en diversos duelos individuales. Sonreí. Al parecer, iba a poder concentrarme en el combate contra Kuroko.

-Tú. Vicky -dijo mi enemigo-. La pequeña ninja. Uno de los componentes del Comando Caprino original. Mi venganza también ha de alcanzarte a ti.

Me reí en su cara.

-Imagino que debes ser uno de los cientos de perdedores que hemos hecho añicos en alguna ocasión... quítate esa tela negra y muestra tu rostro. Quizás así te recuerde. O, ¿quién sabe? Es posible que no. Sólo eres un mindundi rencoroso, ¿verdad?

El ser llamado Kuroko saltó hacia delante. La letal energía verde golpeó el lugar donde yo me encontraba... un segundo antes. Trozos de roca saltaron por los aires. Lancé un tajo con mi wakizashi, pero Kuroko saltó hacia atrás, esquivándolo. Mi treta de intentar enfurecerlo no había dado resultado. De hecho, yo sentía que había algo no natural en él. ¿Podría ser un androide o algo similar?

Mantuve el wakizashi en mi mano izquierda y levanté mi katana con la derecha. La extraña sombra permanecía frente a mí, sin adoptar postura alguna de combate. Sin embargo, yo sabía que si conseguía rozarme, todo habría terminado. Más aún, sentía en Kuroko algo familiar... ¿quién o qué era esta criatura? ¿Algún antiguo enemigo? Quizás debiera releer el libro que escribió mi hermano recopilando nuestras antiguas aventuras, y buscar alguna pista... pero me daba mucha pereza. Después de todo, el muy idiota había inventado o magnificado más de la mitad de esas historias y había omitido aquellas en las que no era él el protagonista...

Un rayo de energía verdosa surcó el aire. Salté, hice una acrobacia y caí sobre mis pies. Me regañé a mí misma. ¡No te despistes, Vicky! Mantén la concentración... o al menos, inténtalo. Porque alguien había encendido la radio y volvíamos a tener a los malditos Pollastres Mitológicos de banda sonora...

Debería estar escribiendo algo muy distinto.
Pero la vida es la que dicta y la que decide. 
Lancé la moneda al pozo y susurré mi deseo.

Ahora, la luna brilla. 
Lo que pedí se ha cumplido.
Tumbado en la cama, desnudo,
contigo sobre mí.
Sé que te gusto. 
Incluso me parece verte sonreír
cuando comienzas a succionar. 

Tras matarte de un manotazo, medito
que debí especificar que no fueras una mosquito. 

Contengo un suspiro. 
Por fin me atrevo y miro
el hilo rojo atado a mi meñique. 
Y lo sigo.
Es hora de conocer mi destino...

El otro extremo termina
en un nudo corredizo
atado alrededor de mi cuello.
Es bonito saber
que continuaré conmigo
hasta que se me ocurra estirar del hilo.

Eso digo,
pero sé que estoy jodido. 
Cuesta echar de tu lado a ti mismo.
Cada vez me aguanto menos.
Pero mi último chiste es demasiado bueno.
Suspiro, me reconcilio conmigo mismo
y decido dedicarme un sincero cariño...
hasta que vuelvo a escuchar un zumbido. 

-Es imposible luchar con esta puta música -maldigo en voz alta.
-A mi pesar, estoy completamente de acuerdo -asiente Kuroko.

***

Por fin, conseguí arrastrarme desde debajo de ese estúpido pavo gigante. Me pregunté qué dirían mis conciudadanos de Nueva Ávila si me vieran a mí, su campeón, en estas circunstancias. Reptando a duras penas, con múltiples fracturas, cubierto debajo de la armadura por pulgas y chinches haciendo su agosto y, lo más doloroso, habiendo reclutado como salvadores a una banda que es un manicomio ambulante. Yo, un campeón. ¿Cómo puedo ser un campeón? En esta historia, cada decisión acertada es cometer un error.

Aspiré una bocanada de aire... y me arrepentí al momento. El dolor era insoportable. Mis costillas estaban rotas. No era capaz de ponerme en pie. Rigoberta... ¿dónde estás? Desde mi forzada posición no podía ver a nuestra sanadora. Al contrario, mi campo visual lo ocupaba el duelo entre el aweonao de mi compañero Cafre y Cubbi.

Es decir, un duelo entre un estúpido pansexual de amplio espectro y un (o una) hermafrodita ninfómano (o ninfómana) capaz de chupar toda tu energía vital.

Yo lo único que quería era arrancarme los ojos. Y lo habría hecho, de haber podido moverme.

Cubbi y Cafre estaban frente a frente, desnudos, con sus respectivos miembros saludándose bien erectos.

¿Por qué? ¿Por qué tengo que ser yo quien vea esto?

Cafre comenzó a caminar tambaleándose hacia su perdición. Era obvio que las feromonas de Cubbi lo habían afectado.

Oh, por favor. Si existe alguna deidad, por favor... os lo ruego... parad. No permitáis esto. No me refiero a salvar la vida de Cafre, porque yo no la salvaría ni cagando. Incluso disfrutaría viéndolo... pero así no. Así no voy a disfrutar ver morir a Cafre. Por favor, no me hagáis ver una escena de Cafre y Cubbi teniendo sexo...

Demasiado tarde. Quiero morirme.

Cubbi se ha tumbado boca arriba en el suelo, separando sus piernas. Cafre se arrodilla y, poco a poco, introduce su pene en la vagina de su enemigo. El andrógino rostro de Cubbi se contrae de placer. Al mismo tiempo, el pene del hermafrodita crece un poco más y ya llega casi hasta la barbilla de Cafre.

¡No quiero ver eso!

Cafre comienza con sus acometidas. Juro que si ambos eyaculan a la vez, me suicido en cuanto pueda moverme...

De todos modos, debería pensar en ir consiguiendo otros campeones que liberen a mi pueblo. Cafre va a pasar a mejor vida en cuanto Cubbi comience a robarle la energía vital a... un momento... ¿Por qué está sonriendo Cafre?

Puedo escuchar la voz de Cafre. Ahora, además de sacarme los ojos, quiero reventar mis tímpanos. No es posible que haya dicho lo que ha dicho. Pero sí... sí lo ha dicho...

-¿Sabes que cuando me convierto en hombre chivo, crecen todas las partes de mi cuerpo?

Los ojos de Cubbi se desorbitan por el terror. En menos de un segundo, lo que está fornicando con Cubbi no es un humano. Es una inmensa bestia humanoide con forma de chivo.

Cubbi chilla de terror y dolor. Yo también. Puedo verlo desde aquí. Es un terrible desgarro vaginal.

El hombre chivo se incorpora. Quiero creer que ha terminado la tortura para Cubbi, pero no. El hombre chivo usa una de sus manazas y agarra el aún erecto miembro de Cubbi. Conociendo lo perturbado que es Cafre, quiero pensar que no va a masturbar a su enemigo...

Cubbi chilla de terror y dolor. Yo también. Puedo verlo desde aquí. Es una fractura de pene.

Desgarro vaginal y fractura de pene en un mismo cuerpo. Ni puedo ni quiero seguir viéndolo...

-¡Herji! -escucho la voz de Rigoberta- ¡Estás herido! Voy a sanarte lo más rápido que... ¿eh?

Miro a Rigoberta con los ojos anegados en lágrimas y niego con la cabeza.

-No, amiga mía -susurro-. No me cures a mí todavía. Cura antes a Cubbi, para que al menos mi alma deje de sangrar...


Continuará


miércoles, 30 de mayo de 2018

GdP2: XVI


Desde lo alto de una colina, miré con preocupación hacia el horizonte. Mis compañeros del Grupo Armado Mata Cabras, tras su primer enfrentamiento con el Comando Caprino, habían decidido asaltar Nueva Ávila y enfrentarse a esos crueles humanos llamados La Doctrina.

Y yo, vuestro seguro servidor, el escriba Kayampa, me sentía inquieto. Nuestros aliados Kuroko y el Señor del Castillo de la Rosa habían decidido no intervenir. Su lucha, decían, era sólo contra el Comando Caprino y Míster Transsssporterr, respectivamente. El resto, de todos modos, fueron confiados a la batalla. Su poder es considerable, sí, pero yo tenía un mal presentimiento.

Kuroko permanecía inmóvil y silencioso. El Señor del Castillo de la Rosa descansaba sobre la hierba morada. Yo, para tranquilizar los nervios, decidí encender la radio y poner algo de música. Sonaban Los Pollastres Mitológicos:


El naranja del atardecer cae sobre la ciudad,
reflejado en las lágrimas que caen de tu mirar. 
Mi corazón se resquebraja un poco más.

Hemos recorrido juntos medio mundo,
rompiéndolo todo, peleándonos como niños...
ambos sabemos que es el final.
Ambos sabemos
que no nos volveremos a encontrar.

Bajo la mirada. 
Me preguntas cuánto te odio.
"Nunca" respondo. 

Nunca pude odiarte. Nunca podría odiarte.
Tampoco ahora. 
Pero, si me pides como probarlo, 
no lo sé.

A pesar de todo, ¿lo pasamos bien?

Siempre supimos que algún día
nuestra historia se terminaría.

Aunque no quisiéramos darnos cuenta.

Los dos somos demasiado tercos.
Y ésta ha sido la última pelea. 

Aunque de veras quisiera
poder seguir peleando contigo
antes que aceptar que ya no estarás.

Nuestras armas están rotas,
hechas pedazos, tiradas en el suelo.

Y, no por primera vez, 
me pregunto si lo que siento por ti
desde lo más profundo de mi corazón
es lo que los otros llaman "amor". 
La verdad, ya poco importa. 
Nunca sabré la respuesta.

Dices que he ganado.
Pero el mundo es poca recompensa
a cambio de perderte. 

Siempre creí que eres la mujer más bella.
Siempre creí que eres la persona más valiente.
Siempre creí que, de tan perfecta, debieras ser eterna.

Cruel ironía que yo deba matarte.
Cruel ironía que tu peor enemigo lamente tu muerte. 

Y todo porque los dos somos demasiado tercos.

El naranja del atardecer cae sobre la ciudad.

Ambos lo contemplamos con pesar a través del cristal
de la cabina del puente de mando de la nave nodriza.
El denso humo asciende hasta el cielo, 
los disparos suenan cada vez más espaciados.

Debería disfrutar el momento
pero sólo puedo fijar mis ojos en la apresada heroína
que luchó aunque no hubiera esperanza de victoria.
En su rostro, desafiante, 
se refleja la derrota, el cansancio, la tristeza.

Yo, como el villano de opereta que soy,
hago oscilar mi negra capa
y pulso el rojo botón que dispara los misiles.

Tras unos minutos,
se hace el silencio.
He conquistado el mundo.  

Y aún así, quiero caer de rodillas.
¿Por qué somos los dos tan tercos?
Te vencí,
mas no quisiste unirte a mí.

Y yo ahora entiendo que era feliz
cuando recorríamos el mundo,
peleándonos como chiquillos,
cuando yo podía seguir jugando contigo...

Ahora que me pertenece el mundo entero,
lo cambiaría por regresar a los viejos tiempos.
Lo cambiaría también
porque lo gobernaras a mi lado.

Pero ambos somos demasiado tercos.

Por última vez, nuestras miradas se cruzan.

"Nunca he podido odiarte".

Se escucha un disparo.
Mi corazón se parte.

Conteniendo las lágrimas, 
me giro hacia este mundo que he conquistado.
Aunque sólo quiera vivir en él
si tú estás recorriéndolo a mi lado,
como cuando éramos dos niños peleándonos.



Continuará...

martes, 13 de marzo de 2018

GdP2 XIV

En efecto. No había terminado Cafre de pronunciar su amenaza, cuando el Grupo Armado Mata Cabras inició su ataque.

Nuestros enemigos echaron a correr hacia nosotros, abalanzándose...

Pero Cafre levantó un brazo y todo se detuvo.

-¡Eh! -preguntó mi compañero- ¿Os importa que ponga algo de música mientras nos matamos?
-¡Ningún problema! -respondió a voces el Mariscal de Campo- ¡Toma el tiempo que necesites para elegir un buen tema!

Así que Cafre sacó una minicadena de las alforjas de su pavo y puso en él un muy, muy viejo cassette.

-¡Ya está! -gritó Cafre tras darle al play.

Bueno, ahora sí... el Grupo Armado Mata Cabras inició su ataque.

Y todos comenzamos a atizarnos mientras sonaba la siguiente canción... casi sin ritmo, he de decir, pero canción al fin y al cabo:


No recuerdo una noche tan romántica y silenciosa.
Ojalá nunca llegara la mañana.
Aunque hace calor,
una agradable brisa entra por la ventana.

La luna brilla en lo alto del cielo
y, a pesar de la oscuridad,
sus rayos iluminan tu rostro y tus senos.

Yo te miro.

Te miro, acostada desnuda a mi lado.

Tú también me miras
y sonríes.

Tras un instante que dura demasiado tiempo,
me coloco encima tuyo.
Quiero volver a sentirte.

Tú abrazas mi cuello con tus manos.
Tus ojos brillan pícaros.

Eres tan bella.

Pero me emociono al entrar de nuevo en ti
e, intercalando jadeos, proclamo
que quiero ser tu noble guerrero,
que quiero luchar por tu honor,
que quiero ser digno de hacerte el amor.

Tú sonríes
y me recuerdas que eres puta,
que no te queda mucho honor
y que no necesito dignidad
para acostarme contigo
mientras tenga con qué pagar.

Me ruborizo.
"Es la costumbre", te digo.

Después de volverlo a consumar,
me levanto, voy al frigo
y cojo una cerveza.
El sudor empapa mis piernas,
mi espalda y mi cabeza.

Echo un largo trago.

Tú vienes por detrás, abrazas mi cintura,
me preguntas si ya estoy cansado.

Te miro, te sonrío y te abrazo
mientras pienso
"cómo no me voy a cansar,
si he estado con vírgenes
que se movían más".

Pero eres tan bella.

No debería, pero ahí mismo, en la cocina,
no puedo resistirme a besar tus labios.

Tus ojos de gata sonríen
mientras descienden tus manos.
Y me susurras al oído
"recuerda que los besos se cobran más caros".

Te miro con mi cara de tonto,
nunca tuve muchas lumbres.
No digo lo más mínimo pero, en mi mente,
el pensamiento supremo es
"me cago en la puta (no literalmente)
con mis costumbres".

Tú, tan bella, acaricias mi pecho.

Me miras algo dubitativa
y dices que mi romanticismo te inquieta.
Una de mis manos acaricia tu mejilla,
mi otra mano juguetea con tu teta.
Alma cántaro, te da igual si tengo ladillas
pero, ¿dices que mi romanticismo te inquieta?

Tras tontear unos momentos,
volvemos a acostarnos en el lecho.

Te miro.

Eres bella. Eres bella. Eres muy bella.

Nuevamente nos miramos, uno junto al otro,
los dos desnudos.

Y, por fin, te susurro:
"cóbrame lo que me tengas que cobrar".

Te beso.
Te beso.
Te beso, te beso y te sigo besando.

Cuando por fin respiramos,
me miras dulcemente
y comentas que mi dulzura
será mi costumbre,
pero que igual es un gran defecto.

Te respondo que yo soy como un sello
cuya charnela por detrás asoma;
lo reconozco, queda muy feo,
pero no puedes arrancar la charnela
pues, si lo haces, rasgas el sello.
Y no soy un sello cualquiera,
soy un sello fosforescente de la posguerra.
Sé que no me entiendes,
porque no eres filatélica.
De hecho, quizás no tengas
más que una educación paupérrima.

Aunque, igualmente, me pareces muy bella.

Tú me explicas que por cabrón y superficial
me vas a cobrar tres veces más caro.
Y me restriegas tres veces por la cara
tu tesis doctoral en ingeniería industrial.

Yo vuelvo a quedarme con cara de tonto,
tal y como es mi costumbre.
Pero, ¿qué más da?
Ya nada importa.

Te beso.
Te beso.
Te vuelvo a besar.

Y sigo besándote.

Y te beso,
y te beso, y te beso de nuevo.

Sé que me va a costar una fortuna.
Pero no importa.
Ya nada importa.

Cuando por fin te quedas dormida,
te miro.
Mis ojos acarician todo tu cuerpo,
de abajo a arriba, lentamente.
Yo me levanto, agarro la cerveza,
bebo de ella aunque ya esté caliente.

Miro por la ventana.

Se ha nublado.
Empiezan a caer las primeras
gotas de lluvia.

Sí, empiezan a caer las primeras
gotas de lluvia.

En efecto,
empiezan a caer las primeras
gotas de lluvia ácida.

Lluvia ácida.
Ácida lluvia.
Lluvia ácida.

Medito que, tras la explosión,
bien podríamos ser, tú y yo,
los únicos seres vivos
en kilómetros a la redonda.

Aunque poco importa.
Ya poco importa.
Ya nada importa.

Doy por hecho que antes que salga el sol
habremos muerto los dos,
abrazados, asesinados por la radiación.

Me encojo de hombros,
bebo otro sorbo
y miro como la muerte cae
a través de la ventana.

En este momento,
ya nada importa nada.

Entonces caigo en la cuenta,
que es una estupidez querer cobrarme
si nuestra última noche es esta.

Mi último pensamiento, al azar,
es que, quizás,
tú tampoco sepas, quieras o puedas
de las que son tus costumbres
escapar.


-¿Qué mierda de canción has puesto esta vez? -gritó Celia quien, enfundada en su armadura tecnológica, se enfrentaba a su mortal enemiga Xhugra.

Era un combate terrible. Ambas contendientes se movían más rápido de lo que la vista podía seguir. Celia no dejaba de disparar rayos de plasma, pero Xhugra era terriblemente ágil y no sufría para esquivarlos. Cuando atacaba y sus ácidas garras arañaban la metálica armadura de nuestra líder, la parte afectada humeaba y se escuchaba un terrible siseo.

-¡Los que cantan se llaman "Los Pollastres Mitológicos"! -respondió Cafre mientras se aferraba desesperadamente a su pavo-. ¡Lo mismo te juegan un partido de "Fútbol Total" que te componen una canción!

A Cafre tampoco le iban bien las cosas. Su enemigo personal, el Mariscal de Campo, había convocado una inmensa horda de zombis. El noble pavo gigante iba de aquí para allá aplastando muertos vivientes pero, por cada tres que desmembraba, aparecían ocho más. Por su parte, Cafre lanzaba granadas, disparaba escopetas y escupía a los más despistados... pero era obvio que no podría mantener ese ritmo por mucho tiempo.

Mis esperanzas se volcaron en Fer. El hombre-dragón era, posiblemente, uno de los más poderosos guerreros aquí presentes... pero mi corazón se rompió. Fer estaba volando, realizando todo tipo de complicadas maniobras aéreas, y no era capaz siquiera de reservar una porción de segundo para inhalar y expulsar su flamígero aliento. El llamado Durk era su oponente, y parecía ser también un completo lunático. Aunque Durk no pudiera volar, la ametralladora que tenía en vez de brazo no cesaba de disparar a nuestro compañero, quien sólo podía esquivar sin pensar en nada más. Hubo un momento en el cual Fer se lanzó como un halcón a por su enemigo, pero el enano le esquivó haciendo la croqueta y siguió disparándole sin descanso.

Fer no podía ayudarnos, pero... ¿y Vicky? Yo no podía verla en el campo de batalla...

...y es que no estaba en el campo de batalla.

Vicky, la mortífera ninja, estaba corriendo, huyendo despavorida, mientras Sir Rosis la perseguía montado en su tábano gigante.

-¡Detente, pardiez! -gritaba Sir Rosis-. ¡Lucha dignamente! ¡Esto es humillante tanto para ti como para mí!
-¡Eso quisiera, pero no puedo! -lloraba Vicky-. ¡Tengo fobia a las moscas y a los tábanos! ¡No son gatitos! ¡Son feos y desagradables!

Todos pudimos ver como al enorme tábano llamado Fresón se le humedecían los ocelos. Qué cruel era Vicky, incluso cuando no era su intención serlo.

Pensé que quizás lo mejor sería que Chencho nos sacara de aquí cuanto antes. Le busqué con la mirada.

Nuestro compañero Chencho, Míster Transsssporter, no iba a ser capaz de teletransportarnos esta vez. Se encontraba librando una terrible batalla contra el temible Señor del Castillo de la Rosa.

Era una batalla silenciosa, mortal... ninguno de los dos decía lo más mínimo, pero todos podíamos sentir las poderosas energías mentales que emanaban de sus cabezas.

Míster Transsssporter había optado por una variante de la apertura española, pero el Señor del Castillo de la Rosa había optado por una defensa Morphy cerrada. Estaban los dos muy igualados... hasta que a Chencho le dio uno de sus cortocircuitos y movió el caballo del flanco de dama justo al sitio donde menos debía moverlo. El Señor del Castillo de la Rosa sonrió sádicamente y avanzó un peón. Amenazaba mate en cinco jugadas.

Maldije en silencio. Quizás, en esta ocasión, no serían los míticos componentes del Comando Caprino quienes salvaran el día. Quizás era hora de que mis compañeras y yo demostráramos lo que realmente valíamos.

Bueno, Chess no es que pudiera ayudar mucho. El gigantesco gorila albino, Cuchuflí Montoya, tenía agarrados sus brazos con una de sus manazas. Chess pataleaba en el aire. Sus poderes necrománticos no afectaban lo más mínimo al enorme simio.

-Por favor, señorita, le pido que recapacite -decía el gorila-. Es obvio que no puede ganar y no quiero hacerle daño. Reconozca su derrota y deje de patalear, se lo ruego...
-¡Estoy hasta los cojones que no tengo de sentirme como una mierda impotente! -gritaba Chess mientras seguía pataleando-. ¡Cagüen to lo que se menea! ¡Demasiados putos capítulos van ya, joder!
-Señorita, por favor se lo pido, modere ese lenguaje...

¿Y Rigoberta? Nuestra sanadora se estaba enfrentando a Cubbi, el hermosísimo ser hermafrodita. Parecía que esta pelea estaba destinada al empate. Cubbi emitía sus feromonas mientras paseaba alrededor de Rigoberta, pero los poderes curativos de la sanadora bastaban para que las feromonas no la afectaran.
-Eres consciente de que así no podrás ganarme, ¿verdad? -le desafió Rigoberta.
-Oh, querida, nunca quise ganarte -sonrió encantadoramente Cubbi-. Simplemente, si estás ocupada en mí... no podrás curar a tus compañeros, ¿cierto?

Rigoberta palideció. Parece que no había caido en ese detalle.

Un sudor frío perlaba mi frente. Era mejor que me concentrara en mi propio oponente. Decía llamarse Kuroko, era poco más que un humanoide envuelto en telas negras y sus movimientos parecían algo mecánicos... pero era mortal. Contrarrestaba perfectamente mis ataques. Una finta, un amago, un ataque esquivado por milímetros. Ambos estábamos demasiado igualados. Nuestra pelea podría durar horas.

-No tengo nada contra tí, extraño -dijo Kuroko-. Mi venganza es contra los antiguos integrantes del Comando Caprino. Pero si interfieres, no dudes que te mataré.
-¡Nadie matará al Comando Caprino antes que yo! -grité.

Se hizo un parón en todos los combates. Me sentí observado.

-Estoooo... me traicionó el subconsciente, ¿vale? -reconocí-. ¿A vosotros nunca os ha pasado? ¡Joder! ¡Es que a veces hartáis tanto que dan ganas de mataros!

Los combates se reanudaron como si nada hubiera ocurrido. Las explosiones, disparos y cuchilladas volvieron a ser los amos del lugar.

Parecía que, efectivamente, era sólo cuestión de tiempo que el Grupo Armado Mata Cabras venciera definitivamente al Comando Caprino...

De repente, todo cambió.

Ya no estábamos ahí.

Ahora estábamos en un maravillo jardín lleno de flores, árboles frutales, estanques, pavos reales y aves del paraíso.

-¿Qué cojones...? -preguntó Vicky.

Todos miramos a Chencho. Éste levantó sus manos.

-¡Yo no he sido esta vez!

Yo estaba anonadado. ¿Quizás una marea caótica nos había arrojado a otro lugar y otro tiempo?

Una voz se escuchó detrás de nosotros.

-¡He sido yo!

Nos giramos para ver a un emperifollado señor muy, muy obeso, vestido con un frac azulado y que además portaba monóculo. En vez de pelo, tenía largas plumas azules. Su nariz era enorme y parecía el pico de un gigantesco pájaro. Su trasero estaba decorado también con un amplio penacho de plumas azules.

-¡Soy el Viejilante de Plumas Azules llamado Señor Dodo! -saludó-. ¡Soy uno de los representantes del grupo llamado Personificaciones Animales! ¡Os he salvado para reclamar vuestra ayuda! Os cuento gustoso... seguidme, por favor...

Fer se adelantó. Sus ojos echaban literalmente chispas.

-Esto es un "Deus ex machina", ¿verdad? ¡Un puto "Deus ex machina"! ¿No es cierto? ¿Cómo te atreves a joder la historia con un puto "Deus ex machina"?

El Señor Dodo palideció mientras tartamudeaba...

-No entiendo... de verdad os digo que las Personificaciones Animales necesitamos vuestra ayuda...

Pero Fer no estaba por la labor de calmarse.

-¡Si algún día algún gilipollas cuenta nuestra historia, parecerá que no tiene imaginación y que tiene que recurrir a un puto "Deus ex machina"! ¿No lo entiendes? ¡Mi historia parecerá una mierda! ¡Mejor morir con honor que vivir siendo un siervo del capital! ¡Es hora de que el Señor Dodo se extinga!

Y el hombre dragón echó su aliento de fuego sobre el Señor Dodo, quien comenzó a chillar y a correr envuelto en llamas hasta que, tras unos segundos, cayó muerto al suelo.

Miré anonadado, aterrado y enfadado a Fer, quien había matado a nuestro salvador.

-¿Qué has hecho? -grité-. ¡Ni siquiera Cafre habría hecho...!

Miré a Cafre. Tenía la escopeta en la mano. Me miró con un gesto estúpido y se acercó al cadáver del Señor Dodo.

-¡La verdad es que yo habría hecho lo mismo! Pero Fer se me adelantó esta vez.

Después, Cafre se agachó, arrancó uno de los brazos del cadáver del Señor Dodo, lo agitó hasta apagar las llamas y se lo llevó a la boca. Lo desgustó, asintió con la cabeza y dijo:

-Pollo a las brasas. Delicioso. 



Resultado del primer combate:
Grupo Armado Mata Cabras - 1
Comando Caprino - 0


miércoles, 8 de julio de 2015

Barra de Metal

Aún me viene el recuerdo
de aquellas tardes en el pueblo;
en la vieja, apartada casa de los abuelos,
rodeada de campos de trigo y un sendero
que conectaba con la carretera al centro.

Siempre pensé que eran temores de niña
cuando, por el rabillo del ojo, creía ver
escondida en el cereal una oscura figura
moviéndose amenazadora, lenta, furtiva...
alrededor de la casa, casi sin mover una espiga.

Yo lo achacaba a mi imaginación,
a una ilusión óptica, al viento
o al tenue movimiento
de un zorro, un lince o un tejón.

Pero, ¿por qué también mi mamá
quedaba largo rato mirando el cereal
y parecía a veces temblar?

Yo siempre encontraba una solución
y descartaba preocupar a mi abuelita
con esas historias sin explicación.

Sin embargo, todo cambió
el último día de unas vacaciones.
Una tarde que fijé mi atención
en una de las muchas fotos
que decoraban un mueble del salón.
En una fotografía antigua
donde aparecía un joven;
no sé si apuesto, de melancólica expresión.
Y aunque había muchos más retratados
que yo no conocía,
fue por éste que pregunté a mi abuelita.

Mi abuelita...
Su expresión, siempre afable,
vi por primera vez como cambió
a una sombra de tristeza y de dolor.
Tras un breve suspiro, me habló:

"Fue hace muchos años, mi hijita.
Yo sólo tenía unos pocos más que tú,
cuando tuve que elegir entre dos pretendientes.
Uno era el hijo del terrateniente;
apuesto, de ojos grises, voz tierna e inteligente.
Pero, profundizando tras su rostro siempre sonriente
sólo hallaba desprecio, temor, odio y rencor.

El otro era extraño, solitario, hijo de forasteros...
siempre descuidado, torpe hablando y caminando.
Pero tras su mirada gris y triste era fácil apreciar
que nadie en este mundo podría quererme más.

Sus ojos sinceros me cautivaron.
Yo tuve clara mi decisión.
Durante dos semanas justas
no hubo pareja más feliz que nosotros dos.

Y eso, el hijo del terrateniente no lo soportó.

El decimoquinto día,
cuando yo me dirigía
a encontrarme con mi amante,
una mano fuerte y ruda tapó mis labios;
otra, a la vez, inmovilizó mis brazos.
Me raptaron.

Amordazada y maniatada,
sin poder hacer nada,
me obligaron a ver, escondida en la distancia,
como el hijo del terrateniente
llegaba hasta mi enamorado,
le saludaba y le susurraba algo...

Lo que le dijo,
yo no lo supe hasta un tiempo después...
que yo, su primer amor verdadero,
había sido regalada a un rufíán
apodado Carnicero...
conocido en el pueblo por diversos altercados
y por haber atacado a dos muchachas
a las que, después, había violado.

Esos, mis queridos ojos tristes, se oscurecieron.
Mi adorado saltó sobre el hijo del terrateniente,
las manos que tantas caricias me regalaron
se crisparon de furia, horror y miedo.
Una se cerró sobre el cuello
del hijo del tirano.
La otra cayó una y otra vez
sobre el que había sido un hermoso rostro,
hasta que de él sólo quedó
sangre, heridas abiertas,
carne sanguinolenta.

Y yo lo vi todo.

El hijo del terrateniente perdió un ojo,
un tímpano, el labio inferior, toda su apostura.
Y tardó un año en no necesitar ayuda
hasta para cambiar de postura.

Mi amado no se detuvo en eso.
Llegó hasta la cabaña de Carnicero
sujetando en las manos una barra de hierro.
Y encontró que el bandido
no me había tocado un pelo.

El plan del hijo del terrateniente se había ejecutado,
quizás, con demasiada perfección...
Yo fui obligada a ver como esos bellos ojos tristes
ocultaban una bestia en su interior.
Todos pensaban que yo no podría soportarlo.
Carnicero rió, creyendo a su rival devastado.

Pero la derrota convirtió de nuevo a mi amado
en una furia de adrenalina, de rabia, de locura...
Y ante mis ojos desorbitados
la barra de hierro se alzó.

La muerte de Carnicero fue lenta y brutal.
Y cuando mi adorado se alzó ensangrentado,
me miró...
Nunca volví a ver tal expresión de culpa y pesar.

Mi amado de ojos tristes huyó.
Yo le grité desesperada que volviera,
que todo lo sucedido me daba igual,
que no me dejara sola,
que todo le podría perdonar...
Pero...

Pero él no se perdonó.

Nunca regresó.

Con el pasar de los años superé el dolor.
Conocí a tu abuelo, me volví a enamorar.
Pero esos ojos tristes, no los podré olvidar.
No sé si está vivo o muerto pero,
llámame tonta, a veces me parece verlo en el trigal.
¿Quién sabe?
Quizás sea él. Quizás sea su espectro.
Me gusta creer que aún me cuida,
como un salvaje ángel guardián."

Mi abuelita miró con cariño la fotografía.
Yo no sabía qué pensar.
Esa noche terminaban mis vacaciones
y nos despedimos de los abuelos.
Pero no sé porque, ya en el coche,
una extraña sensación al poco de arrancar
me hizo girar la cabeza y mirar hacia atrás.

Pude ver claramente cómo en el sendero,
en medio del trigal,
una figura humana y oscura
nos miraba marchar.

Un rayo de luna
hizo brillar en su mano
un destello enfermizo...
Un reflejo que, quizás,
proviniera de una barra de metal.

lunes, 16 de febrero de 2015

La Bruja y yo

La luna llena brilla enorme y dorada sobre el horizonte,
allá donde se pierden las luces de esta enorme ciudad.
Y yo disfruto la vista y pienso que, por cada luz,
debe haber toda una historia detrás...
Veo e imagino. Tampoco puedo hacer mucho más.
Porque, siendo sincero, no tengo idea de como bajar.

"¿Cómo has llegado acá?" -pregunta la Luna divertida.
Suspiro antes de contestar:
-Pues el tema es que aquí, en Chile, me gano la vida
vendiendo de puerta en puerta insumos de repostería.
Por eso, cuando vi una casa hecha toda en golosinas,
pensé: "esta es la mía".

Pero...
la mujer que atendía no trabajaba la repostería.
Como en el cuento, la vieja era adicta a la brujería
y creyó que era bueno el planteamiento:
Una casa de dulce como cebo
para atraer a niños lelos
y, acto seguido, comerlos.
La pobre no sabía que también atraía a los comerciantes
que vendemos papel de azúcar o colorantes vegetales.

Mas la bruja (de Salamanca) no me convirtió en su bocado.
Al contrario, al escuchar mi mercantil alegato
acerca de fotografías comestibles y tintas para aerógrafo,
fuentes de chocolate fundido y pendones publicitarios,
se convenció de que yo era el aprendiz de brujo
que ella había estado durante siglos buscando.

Así, la muy loca ejecutó un sortilegio
y detuvo por completo el tiempo.
Durante lo que me pareció un milenio
me enseñó hechizos, pociones y encantamientos.
O le puso empeño, al menos...

Porque a la hora de invocar un familiar, por ejemplo,
tuve que realizar varios intentos.
Primero llegó un gato de religión cristiana
que de brujería no quería saber nada;
luego un murciélago con miedo a la oscuridad;
un cuervo criado por gorriones de ciudad
e incluso una filosofal y pensativa llama.

Tampoco presté mucha atención
a las clases de "conjuros de amor".
¿Para qué? Si puedo abrazar cada día
a la muchacha más linda de la región
sin necesidad de recurrir a la hechicería.

Y también me despisté en la disertación
que la vieja daba sobre transformación...
Así pasó.
En vez de transformarme yo en cabrón,
transformé a mi mentora en una simple mosca
y el gato cristiano la cazó y se la comió.

Pero no todo fueron metidas de pata y fracasos.
En ese milenio que para mí transcurrió
con el auténtico tiempo paralizado,
dominé la magia realmente importante:
Aprendí a convocar papas fritas, cerveza y chocolate.
Y también aprendí a volar con una simple escoba
-aunque la sensación de flotar en el aire
no es diferente a cuando beso a mi polola-
pero el penoso accidente en el que murió mi mentora
acaeció antes de que me explicara como bajar la escoba.

Y por eso, señora Luna... aquí y ahora, así me encuentro.
En un cepillo volador, sin saber descender del cielo,
acompañado de una llama, un gato, un murciélago y un cuervo
(en lo que los otros brujos y arpías han bautizado
como la "escoba de Noé del español reculiado").

Pero no pasa nada, estoy disfrutando de la vista
mientras me inflo a cerveza, papas fritas y chocolate
e intento localizar desde el aire la casa de Martina.
Después de todo, pasé un milenio aprendiendo brujería
y resulta que es poco más que una chuchería
si lo comparo con la magia de abrazar a mi chica
y ver como aparece en su rostro una sonrisa.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Araña de Rincón

Mi nombre es Daniela,
aunque muy pocos sean los que me llaman así.
Prefieren los términos "loxosceles laeta",
"araña de rincón" o "asco de bicho, fuera de aquí".

Hace cosa de un año, yo sólo buscaba un hogar.
Un sitio oscuro y polvoriento donde poder descansar
(creo que no es tanto pedir el querer vivir en paz).

En mi búsqueda me crucé en plena calle Bellavista
con un delgaducho, despistado, agotado español
que arrastraba una maleta y un petate bajo el sol
y, aunque en su pasaporte se especificaba turista,
parecía estar buscando lo mismo que yo...

Me subí a su pierna sin que él se diera cuenta
y trepé hasta el sombrero que cubría su cabeza.
Mi instinto tampoco me había fallado esta vez;
este joven canoso sería quien me proporcionara
la que sería la adecuada morada para una araña.
De noche, con él dormido en una cama arrendada,
no tardé en encontrar la herida abierta en su pecho
que me permitió llegar hasta su corazón.

Junto a las dos aurículas y los dos ventrículos
(repletos de los recuerdos de sus seres queridos),
había también un espacio polvoriento y vacío,
un compartimento tenebroso, húmedo y frío...
que se suponía reservado para que lo ocupara
cierta persona especial;
pero tan abandonado y triste resultaba
que no tardé en elegirlo como mi vivienda ideal.

Durante tantos meses juntos vivimos,
en perfecta simbiosis compartimos...
El español incluso mencionaba en sus poesías
a la araña de rincón que habitaba su corazón;
y en mi querido, lóbrego y cardíaco torreón
yo devoraba a todos los intrusos lepismas
que amenazaban con enquistarse en su interior:
Lepismas creados de todas esas falsas emociones,
fracasos, desengaños, golpes bajos y desilusiones
que se producen cuando crees haber encontrado algo
y, en realidad, sólo tienes fría brisa en tus manos.

Todo empezó a cambiar, sin embargo,
hace poco más de un par de meses.
Un cambio sencillo, al que no dí importancia.
En una de las sanguíneas paredes de mi casa
la foto de una muchacha apareció enmarcada.
Una niña morena de ojos oscuros y largo cabello
y yo pensé "no creo que dure ahí mucho tiempo".

Las cosas, sin embargo, siguieron avanzando.
La que hasta ese momento era mi conocida morada,
día a día, poco a poco, la encontraba más cambiada.
Hoy un poco más limpia, hoy un poco más luminosa;
hoy se escucha una suave melodía;
hoy en la pared hay una nueva fotografía;
hoy está grabado en el suelo el nombre de Martina;
hoy hay un cofre que guarda el primer beso;
hoy han aparecido nuevos recuerdos;
hoy me temo que ha descubierto esta araña
que mi casa ya no puede ser mi casa.

No voy a negar que le he tomado cariño
a este desastre de inmigrante español.
Pero he de reconocer que no puedo vivir más
en este músculo que hoy se siente estrella
por tener ahora otra dueña.

Con un poco de melancolía,
abandono el que ha sido mi hogar durante un año.
Aunque me vaya, te deseo que no te hagan daño,
te deseo lo mejor, amigo español.
Y ojalá este rincón de tu corazón
no vuelva a quedar abandonado.
Yo ahora intentaré solucionar
el problema de donde voy a habitar.

Menos mal que no llevo equipaje.
Me preparo para iniciar el viaje,
pero...
Pero...
Pero la herida en su pecho
está cicatrizada ahora.
No puedo salir afuera, de hecho.
No me queda otra
que ascender por su interior
hasta llegar a la azotea
y por nariz, boca u oreja
salir al exterior.
Pero tomé el desvío que no era
y, de alguna extraña manera,
he llegado hasta su cerebro.
Cerebro que está prácticamente
vacío, polvoriento y hueco...
Sólo quedan tres neuronas en su mente
y están apostando cual de ellas
es la más valiente (o demente)
para lanzarse en caída libre por el esófago,
agarrar un trozo de chocolate recién tragado
antes de que llegue hasta el estómago
y subirlo hasta el bulbo raquídeo
donde tener así algo que picotear
(viendo esto, a mí me da que pensar
que los otros cientos de miles de neuronas
han debido perecer de modo similar).

Estúpido, estúpido español...
sigue amando a tu chica,
le cedo gustosa y con cariño a Martina
ese espacio especial en tu corazón.
Yo, a cambio he descubierto
que tu cerebro vacío y polvoriento
es un lugar aún más perfecto
para que haga su casa una araña de rincón.

martes, 4 de noviembre de 2014

Horquilla

Ahora me siento frustrado.
Es cuando las cosas van mal,
cuando me llueven palos,
cuando la bilis quiere manar...
es ahí
cuando nace mi mejor poesía.
Y ahora se da la ironía
de que quiero componer para ti,
para la mujer que amo,
para quien me hace feliz
en este aún, al año, país extraño.
Enfrentado al folio en blanco,
veo que no estoy acostumbrado
a escribir así...
Pero igual quiero intentarlo.

La brisa caliente abre la puerta
de este bar de carretera.
¿Afuera?
Es el dominio del sol y el polvo.
No exagero, sobreviví por poco.
¿Acá dentro?
El café está hirviendo,
el aire demasiado reseco
y yo (obvio po), pienso en ti.
Sol, café y viento del desierto.
Mis labios se han quemado;
están doloridos, agrietados,
heridos pero, aún así,
pagaría ahora mismo
por besarte de nuevo
desesperada, apasionadamente...
Sentir tu respiración,
el roce de tus dientes,
el latir de tu corazón,
perder mis dedos entre tu cabello...

No conseguí acabar la poesía en el bar.

Y ahora, tumbado en mi cama,
desnudo y chascón en la madrugada,
contemplo la luna que vigila la ciudad.
Miro tu horquilla
que la otra noche quedó olvidada
en mi mesilla
y acaricio cada uno de tus recuerdos
hasta quedarme dormido.
Quizás pueda seguirte escribiendo
esta noche desde el sueño...
Aunque mi mejor esfuerzo
no haga justicia a todo lo que eres
ni tampoco a lo que siento.

viernes, 17 de octubre de 2014

Amor

Me han echado a hostias de cielo e infierno
(por ser demasiado problemático en el segundo;
por regalar figuritas del indio pícaro en el primero)
y en el purgatorio donde me encuentro
hago inventario de todo lo que aún tengo.
Lo material cabe en una maleta y un petate,
así que prefiero echar un ojo a lo importante...
Puede que en este exilio me falten trozos de mí;
puede que mi mente vaya a cien por hora,
mientras que mi boca marcha a más de mil.
Puede que no siempre haya sido moral o decente,
que salga de mis problemas abusando de la suerte,
y que arriesgue tanto que un día lo lamente...

Así, he ido dando tumbos por la vida,
sin intención alguna más que vivirla
al menos, hasta que te conocí
y comenzamos a compartir.
Y no sé decir cuando me percaté
de que el amor se había disfrazado de amistad.
En mi defensa, ¿qué puedo decir?
Si el trotamundos se cruzó con tu mirar
y jamás había encontrado tanta dulzura,
la existencia ya no parecía tan dura.

Ríes y haces que cobre sentido
cada cicatriz, cada pelea, cada dolor,
cada desesperanza y cada grito
que he atravesado hasta encontrarte.
Tu pie pisó desnudo mi desierto
y conseguiste que de cada cactus maltrecho
brotara una margarita con el sí dibujado
en cada uno de sus pétalos.

Te entrego lo que soy,
a cambio de que estés conmigo un poco más.
Después de todo, busqué tanto la felicidad
y resultó que la perdida se encontraba
en encontrar uno de tus cabellos en mi almohada,
en tener el sabor de tu piel en mi boca,
en compartir contigo lecho, luna, sábana y ropa...

Intentaré que no deje de girar el molinillo,
y cada vuelta haga más bellos los colores del remolino;
que cada barco creado por tus preciosos dedos
lleguen sanos y salvos hasta el puerto de mi pecho;
que sean eternos en la memoria nuestros momentos.

Nada es más urgente que decirte
cada mañana y cada noche,
sea susurrado o enviado,
sea el día alegre o fome
que, pequeña mía, te amo.

Amor, palabra tan manida
que parece haber perdido el significado...
y, sin embargo, haces que mis tristezas
sean cada vez más y más pequeñas
por el simple hecho de estar a mi lado.

martes, 30 de septiembre de 2014

Delicada

Te conocí por casualidad.
Como así sucede, quizás,
todo lo importante en la vida.
Te convertiste pronto en amiga;
nuestras circunstancias
eran lo bastante complicadas
como para que ninguno pensara
en dar un paso más allá...

¿Y ahora?
Debería asustarme ante lo que siento.
Sin embargo, has hecho tuyo mi nombre
y yo, en lo único que pienso,
es en no luchar contra el viento
si es que no intenta alejarme de ti.

Podría haber tardado años
y, en cambio,
el corazón parecía tener prisa...
En tan sólo unos días
he besado tus lágrimas tanto
como he besado tu sonrisa.

Si los dos hemos sufrido,
si los dos hemos luchado,
si los dos hemos caído al barro,
si los dos nos hemos levantado...
¿Es mucho pedir hacer lo mismo
estando uno del otro al lado?

He visto amanecer y atardecer
en diferentes océanos.
He conocido cientos de parajes,
he caminado por mil ciudades,
me ha rodeado la belleza salvaje,
la brisa de la noche, el púrpura de la tarde...
Y no me importaría olvidarlo todo
por estar tan sólo un rato más
acariciando tu mejilla y mirándote a los ojos.

Tú no crees en Dios,
yo no creo en la suerte.
Cada noche, antes de dormirme,
sin embargo,
mi suerte da las gracias a tu Dios
por haberte encontrado.

lunes, 29 de septiembre de 2014

La hora del demonio

Desperté en la hora del demonio.

Respectivamente erguido y encorvado,
me contemplaban un ángel y un diablo
en silencio, desde los pies de mi cama.
Y algo, que no era ni lo uno ni lo otro,
acariciaba mi frente en la penumbra.

El diablo señaló mis labios, sonriendo.
Alzó su garra e hizo una muesca
con su uña en mi pecho. Otra más.
Sabe que en el día rondé la felicidad
y me recuerda susurrando el ritual
para que yo sea siempre su amado.

Le sostengo la mirada al diablo,
aparto su garra y niego con la cabeza.
Precisamente por eso, porque la amo,
prefiero que sea feliz y yo estar sin ella
antes que obligarla a estar a mi lado.
El diablo escupe y sisea.
Yo le digo que la conversación ha terminado.

El ángel, mientras tanto, me contempla
y su mirada llega hasta mi corazón.
Sé que el ángel no me aprueba.
No puedo esconder de él mi dolor,
mis pecados, cada uno de mis errores,
mis delitos, mis malas decisiones.
Sé que, si le pregunto, me responderá
si Dios bendice o rechaza mi elección
o, si al menos, se mantendrá neutral.
Pero no quiero saberlo.
No, porque estoy decidido a luchar igual.

Ángel y diablo se desvanecen.

Yo me giro hacia la figura en penumbra
que en la cabecera de mi cama aguarda.
Una estrella con forma de niña
que, en un gesto cariñoso, me abraza.
Yo, entonces, me permito temblar.

La estrella sonríe por un momento.
Sabe todos el caos que he creado.
Sabe que mostrar mi sentimiento
me deja abierto a hacerme daño.
Y sabe que ese mismo dolor
yo también lo he causado.

La estrella no puede ayudarme.
Sólo consolarme y yo,
ahora mismo, no necesito consuelo.
Mientras la estrella
vuelve a subir al cielo,
yo me reafirmo en lo que siento.
Lucharé por ella,
lucharé por la persona que quiero,
porque hace mucho que no sé rendirme.
Y no importa lo que ángeles o diablos piensen.
Es mi modo de vivir la vida
y, para bien o para mal, así será siempre.

sábado, 13 de septiembre de 2014

El mercenario y la hija del mercader

Casi no te conozco.
Pero te vuelves íntima
y me pierdo en tus ojos.

Y me pregunto el porqué.

Anoche, soñé...
Hace demasiados años,
en otra vida, en otro tiempo,
un mercenario (no muy distinto a mí)
recorría los vastos campos
de un continente ensangrentado.

Hace demasiados años,
en otra vida, en otro tiempo,
la hija de un mercader (no muy distinta a ti)
embarcaría en un galeón
hacia una nueva tierra.
Latía fuerte su corazón
ante la nueva experiencia
y, aunque no era aventurera,
sentía en ella la excitación
del largo viaje siguiendo el sol.

El mercenario fue contratado
para proteger la embarcación.
Espada y daga en el costado,
recubierto por una ajada capa,
las botas manchadas de barro
y una rodela colgada a la espalda,
recuerdo del tercio donde luchó
a las órdenes del rey español.

Como era previsible,
fue ver a la hija del mercader
y el mercenario quedó prendado.
Y si en su vida hubiera estado
en algo que no fueran guerras,
el soldado sabría que eso era
a lo que llaman estar enamorado.

Jamás le dijo nada.
Tampoco tuvo ocasión.
Cuando fue abordado el galeón,
por primera vez el mercenario
luchó no para acabar con alguien...
por primera vez peleaba
para proteger a quien le importaba.

Uno tras otro cayeron los corsarios...
Hasta que una bala perdida
alcanzó la cabeza del mercenario
y, sangrando, cayó al océano.
Y, mientras se escapaba su vida,
veía alejarse, a salvo, el gran barco...
con la mirada de la hija del mercader
dirigiéndose hacia el mar, hasta llegar a él.
Y el mercenario pensó
"ojalá algún día
te pueda volver a proteger".

Estúpido soñar sin sentido,
me duele que sus oníricas mentiras
quieran darle algún sentido
a que fuera verte
y, al momento, quererte.
A que fuera verte
y, al momento, desear protegerte.
Y es que...

Casi no te conozco.
Pero te vuelves íntima
y me pierdo en tus ojos.

Y me pregunto el porqué.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Hada Gris

Lluviosa noche en Santiago.
El forastero levanta la mirada.
Podrían ser un signo aciago
esos rayos sobre Tobalaba...
Pero si lo fuesen, ¿qué importa?
Puedo estar calado hasta los huesos,
puede que me guste meterme en líos,
puede que hable mucho y a destiempo,
puede que mi libertino albedrío
me vuelva a jugar una mala pasada.
Todo eso antes me preocupaba.
Ahora, ya no tanto.
No tanto...
No, desde que conocí
en las brumas de esta ciudad
lo que parecía ser un hada gris
que desplegó sus alas ante mí
y me abrazó con ellas.

Preciosa hada gris,
sigo sin explicarme
qué viste en el forastero
para que le ofrecieras
techo, comida y consuelo...

Preciosa hada gris,
¿por qué aún a mi lado?
Si las gracias del forastero
a tus inmerecidos cuidados
fue abrir una grieta en su pecho
para que comprobaras
la oscuridad que había dentro...
Y, a pesar de ello,
junto a un corazón polvoriento
colocaste una perla brillante
que tira de mí hacia delante
aunque mis rodillas quieran doblarse.

Y pese a ser fría la madrugada
en el callejón más solitario
de la más problemática
comuna periférica de Santiago...
al escuchar una melancólica
canción de murga uruguaya,
el forastero encuentra las agallas
para seguir hacia adelante.
Pues mejor que nadie sabe
que el hada gris no le ha olvidado.

Preciosa hada gris,
si le hablara a alguien de ti,
pensaría que me he enamorado.
Pero eso sería simplificar demasiado...
¿verdad?
Pues, el hecho
es que con tu cariño reviviste el alma
del forastero
que vino hasta tu país con nada.

Preciosa hada gris,
por todo ello... gracias.

domingo, 31 de agosto de 2014

Sentimientos vs. Razón

Comenzaron hablando los sentimientos.
Y, señalándome, increparon a la razón:
"Muy bien, soso aburrido. Es el momento
de que sólo uno mande en su mente y su cuerpo,
porque no cabemos los dos en este elemento".

La razón respondió:
"Tienes razón, mi banal amigo.
Pero tú sólo miras tu ombligo
y no te preocupas del peligro.
Tu locura innata lleva al abismo
y yo soy la idónea elección
para controlar la situación".

Los sentimientos se encresparon:
"Anda, no toques los cojones.
Esa vida que tú propones
es vacía, estúpida y aburrida.
Y además, en la diaria rutina
no se nota tu influencia.
No, cuando este capullo
abre la boca y dice algo
diez segundos antes
de haberlo pensado.
Entonces, tú, ¿vales para algo?"

La razón replica:
"¿Lo tuyo no son los sentimientos?
Muy bien, de acuerdo,
empecemos a debatir por ello.
Tomemos por ejemplo
tu lista de futuribles enamoramientos:
Ésta es complicada.
Ésta contigo, nada de nada.
Ésta parece no querer verte.
Ésta es neurótica y demente.
Ésta... no me creo que esté en la lista.
Ésta sabemos que será siempre amiga.
Ésta tiene pololo...
A este paso, estará mejor solo".

Los sentimientos se encrespan:
"Eso es lo que a ti te gustaría
si tú hicieras de guía...
que se quedara solo.
Hay que jugar a nada o todo,
una vida insípida
y sin compañía
para evitar que te hagan daño
pero lamentando año tras año
no haberlo intentado...
a veces hay que dar un giro
de trescientos sesenta grados".

La razón se altera:
"Bobo sentimentaloide,
con trescientos sesenta grados
terminas viendo el mismo lado.
Eso es lo que tú predicas,
locura y caos completo
para al final, que nada haya cambiado.
Saltar al vacío riendo
 y pegártela contra el suelo
sólo porque te gusta el riesgo".

Los sentimientos faltan el respeto:
"Sé sincero contigo, gilipollas.
En el ser de este hombre sobras
cuando ambos sabemos
que el loco sólo piensa con la..."

La razón explota:
"¡Suficiente! ¿Quién te crees que eres?
Sólo sabes rebatir
mediante el insulto.
Esa, tu actitud infantil,
es lo que nos mete en problemas
y, al final, tengo que ser yo
quien proponga multitud de ideas
para salir vivos de tus ocurrencias".

Los sentimientos lanzan el órdago:
"Sólo encuentro dos soluciones.
O nos damos de hostias
pero nada pasará al ser abstracciones,
o dejamos que el pavo elija".

La razón lo aprueba:
"Toda decisión conlleva
al ser tomada racionalidad.
Estoy de acuerdo,
eso es que a mí me elegirá"

Los dos se volvieron hacia mí,
pero yo estaba algo ocupado...
Comiendo chocolate granulado
que, por algún motivo extraño,
me provocaba estornudos.
Y como me habían comentado
que es imposible estornudar
sin tener los ojos cerrados,
ahí estaba yo demostrando
que conmigo se habían equivocado.

Los sentimientos dijeron en voz baja:
"Ahí está el anormal.
Se traga el chocolate,
estornuda con los ojos abiertos
y una vez más lo vuelve a intentar.
Eso no es algo sentimental".

La razón añadió con un hilo de voz:
"Pues tampoco eso es muy racional;
¿de verdad estamos peleando por esto?
Antes me dedico a vaciar el mar".

Y ese es el motivo
de que, cuando me preguntan
quien guía mi camino
-si los sentimientos o la razón-,
yo, sin poder evitarlo,
deba dar como contestación:
"Chocolate en general,
¡granulado en particular!"

jueves, 28 de agosto de 2014

Espantapájaros

Acá es prácticamente una leyenda.
No sé cuanto habrá en ella de cierta
pero, en el pueblo, cuentan las viejas
que el campesino loco quiso crear
al espantapájaros perfecto...
y en su locura decidió que espantar
era algo similar a hacer el mal.

Así, construyó un armazón 
con maderos y cuerdas robadas
a la vieja horca abandonada.
Y ese esqueleto de madera
lo cubrió con la vestimenta
-dicen- de ese desconocido
que fue asesinado en el sendero
aquella fría noche de invierno.
La cabeza no fue menos ruin;
era el último saco utilizado 
para cubrir el rostro y la espera
de los condenados al garrote vil.
La boca era tan sólo
un tajo abierto en el cáñamo
con el mismo cuchillo
que abrió el cuello
de tantos cochinos... 
Y los ojos, dos trozos de carbón
recogidos de una hoguera
que el mismo campesino loco prendió
en una noche de tormenta
y nadie en el pueblo cuenta
cual fue el ritual con el que animó
su horrorosa creación.

Hace años que el campesino loco murió.
Pero cuenta la leyenda 
que, en las noches con niebla,
un espantapájaros se arrastra entre el cereal
y su horrible aullido llega hasta la aldea...

Pero lo que no cuentan las viejas,
lo que no quieren narrar en la aldea,
lo que ocultan esas historias de mierda
es que el espantapájaros aúlla al llorar de pena.
Llora lágrimas negras de sus ojos de carbón,
llora porque siente el mal pugnando en su interior
cuando él ni siquiera quiso ser animado ni lo pidió. 
Llora porque le construyeron para crear terror
y le condenaron a no conocer otro color
que el de no poder amar ni poder ser amado.
Y llora porque ni siquiera es capaz
de hacer aquello para lo que fue creado...
No cuando una negra bandada de cuervos
se apiadó de él y las aves se convirtieron
en los únicos amigos que podrá tener
en su parodia de vida...

Llora esta noche en mi hombro 
lo que necesites, espantapájaros. 
Llora hasta que te hayas desahogado
y, cuando hayas descansado,
recuerda que llegarán otros tiempos...
un día en el que, a la luz del alba,
mil cuervos en una inmensa bandada,
te levantarán del suelo y, en volandas,
te llevarán hasta más allá del amanecer.
Hasta un lejano lugar donde no seas culpable...
sólo por ser.


domingo, 24 de agosto de 2014

Soñé contigo, cielo...

¿Sabes, cielo?
He escuchado que los sueños
nos muestran a nosotros mismos
en mundos paralelos al nuestro.

Pues, cielo...
creo que la he jodido si tal teoría es cierta.
Porque entonces, en multitud de universos,
estoy muriendo de forma violenta.
Y mis otros yo
suelen ser violadores, asesinos, cabrones,
mentirosos compulsivos o estafadores...
Ya decía yo que me asombra
que la gente me crea buena persona,
si en cada mundo alternativo
soy poco menos que el mal en la sombra.

Y es que, cielo...
Estoy dando tanto rodeo
para decirte que esta noche
he estado soñando contigo.
Y en el sueño,
yo no era sólo tu amigo.
Nuestro amor brillaba sincero,
tu felicidad la creaban mis besos
y mi alegría era poder protegerte,
vencer juntos nuestros miedos...
yo existía sólo para quererte.

Y me sentí extraño, cielo.
Si en un universo de cientos
tú y yo encontramos la felicidad
al abrazar nuestros cuerpos,
me pregunté si pudiera ser igual
en este mundo donde la casualidad
ha querido que nos encontremos.

Ya lo sé, cielo...
Para ti, soy casi un desconocido
y me queda grande la palabra "amigo".
Mas al pensar en esa onírica vida contigo
me desoriento y se aceleran mis latidos
hasta el punto de que crece en mi pecho
la obsesión de crear, para ti, el más bello poema...
Pero nunca existió dentro de mí tan gran poeta
y no me queda más alternativa que compensar,
como de costumbre, la calidad con la cantidad.

No añadiré nada más, cielo.
Supongo que me quedaré pensando
en este jardín que la noche ha creado
qué camino es el adecuado...
Si el que mil de mil y una veces
me arroja al peligro y al fuego
o el que una de mil y una veces
consigue que venza al mal y al miedo
y consiga decirte "te quiero".