Novelas por entregas. Una entrega al día... ¡o eso intentaré!

lunes, 31 de julio de 2017

GdP2 XII


El Mariscal de Campo, Sir Rosis, Cuchuflí Montoya y yo, vuestro seguro servidor llamado Kayampa, entramos con temor reverencial en los lujosos aposentos de Tolosé.

Tolosé es algo así como el oráculo de los ejércitos caóticos. A pesar de que su cuerpo es un mazacote semisólido de algo parecido al barro o al chocolate derretido (con un tamaño aproximado de un metro cúbico), no hay pregunta que no pueda responder.

-Mi muy estimado Tolosé, necesitamos de vuestra ayuda -saludó cortésmente Sir Rosis-. Se nos ha encomendado la misión de erradicar la nueva encarnación del Comando Caprino, y queremos luchar con el conocimiento de nuestro lado. Necesitamos saber las motivaciones de nuestros enemigos.

El mazacote de barro comenzó a temblar. Dos largos apéndices surgieron de él, al final de los cuales se encontraban dos extraños ojos rojizos que nos miraban fijamente. Un agujero oscuro y goteante se abrió también en el mazacote cuando habló con voz profunda el gran Tolosé.

-Sed bienvenidos a mi hogar. He seguido con detenimiento la creación y andanzas de este nuevo Comando Caprino, por lo que intentaré responder vuestras preguntas lo mejor que pueda.
-¿Ya sabía usted de la creación del Comando Caprino? -Cuchuflí se maravilló-. ¿Cómo es posible? ¿Precognición? ¿Telepatía? ¿Inspiración divina?
-No, con un perfil en las redes sociales -respondió Tolosé-. La tal Chess está narrando sus peripecias con todo lujo de detalles.
-¿Qué... es... lo que... quieren? -preguntó con su esquelética voz el Mariscal de Campo.
-En esta ocasión, el Comando Caprino no tiene como principal enemigo al caos -respondió Tolosé-. Su propósito es liberar la aldea de Nueva Ávila, patria de Herji, Chess y Rigoberta. Ese territorio se ve abocado a un espinoso problema que no somos nosotros, precisamente. Pero podéis verlo vosotros mismos, mejor que si os lo cuento...

Los ojos rojizos de Tolosé comenzaron a brillar y, sobre ellos, comenzó a formarse una bruma cada vez más espesa. Al cabo de unos segundos, era posible distinguir figuras y formas en la niebla y, poco después, en una especie de televisión mágica veíamos el pasado reciente de Nueva Ávila...

Es una habitación sencilla con paredes de madera. Sólo una larga mesa rectangular y siete sillas.

A un lado, se encuentra Guardián, quien ha sido elegido portavoz de la aldea de Nueva Ávila. Al otro, los miembros del grupo autodenominado La Doctrina, cuyos nombres son Militarus, Económicus, Políticus, Religiosus, Legalitus y Gobernus.

El anciano Guardián es un amable viejo calvo y de perilla blanca, vestido con un sencillo keikogi amarillento; tiene la reputación de ser el más sabio de los alrededores. Los de la Doctrina son todos parecidos. Hombres canosos, adustos y torvos, de gestos serios, ademanes que reflejan orgullo y seguridad y rostros inexpresivos. Ni una sola sonrisa en sus labios. Vestidos con trajes y corbatas de colores grisáceos; a excepción de Religiosus y Militarus, quienes portan respectivamente una sotana negra y un impecable uniforme militar de feo color verde y repleto de medallas. Todos llevan gafas de sol.

Gobernus fue el primero que habló:
-El territorio de Nueva Ávila ha tenido mucha suerte hasta ahora, anciano. Pero, sin nuestra ayuda, no tiene la más mínima posibilidad de sobrevivir a las fuerzas del caos.
-El territorio de Nueva Ávila lleva años resistiendo a las fuerzas del caos sin ustedes -replicó Guardián.
-Las casualidades no duran por siempre, anciano -contestó Militarus-. Es algo que los soldados sabemos perfectamente. Sólo mire a su alrededor. No hay prácticamente defensas. Fortificaremos este pueblo, levantaremos murallas, atalayas y baluartes. Protegeremos a las buenas gentes que viven aquí.
-¿Eso lo harán ustedes? -se extrañó el anciano-. ¿Así sin más? ¿De buena fe?
-Los habitantes de aquí deberán ayudarnos, por supuesto -contestó Gobernus-. Todos aquellos mayores de dieciséis años deberán trabajar en turnos de doce horas. Se requieren al menos ocho torres de guardia, murallas, un cuartel general y un edificio gubernamental desde donde podamos dirigir el bienestar de estas buenas gentes.
-El trabajo duro agrada a Dios -añadió Religiosus.
-Todos sabemos que los muros sirven de poco ante un ataque caótico -negó con la cabeza el anciano-. Temo que esas medidas sirvan más para controlar a nuestro pueblo y mantenerlo ocupado que para defendernos de los enemigos.
-Es usted demasiado desconfiado, anciano -se quejó Gobernus-. Debería agradecer que estemos aquí.
-Nadie les pidió venir. Nadie ha necesitado su ayuda.
-Hasta que sea necesaria, anciano. La plebe puede ser orgullosa, pero siempre es estúpida. Cuando las besitas del caos estén pisoteando sus cabezas, ahí clamarán por nuestra ayuda. Pero será demasiado tarde. No vamos a dejarles morir sólo porque sean orgullosos.
-El orgullo desagrada a Dios -añadió Religiosus.
-Y en esta ayuda, imagino que habrá una contraprestación, ¿verdad? -preguntó el anciano.
-Somos completamente sinceros, habrá un pago por nuestros servicios.
-¿Un pago? -el anciano Guardián rió entre dientes-. ¿Por algo que no hemos pedido?
-Vuestra insensatez a la hora de jugar con el futuro de vuestros vecinos no nos impedirán salvaros. Hemos traido todo un ejército profesional para protegeros. Es obvio que nuestros servicios han de ser gratificados -informó Económicus-. ¿Qué moneda se usa aquí?
-¡No usamos moneda alguna! -explotó el anciano Guardián-. ¡Vivimos en un mundo caótico, por amor de Dios! ¡No existe administración que avale divisa alguna! Si alguien necesita algo, lo coge. Si alguien produce algo y necesita otra cosa, se intercambia de la manera más libre y sencilla. Si un guerrero custodia nuestro territorio, nuestra gente lo alimenta...
-Anciano, ¿se da cuenta de que viven en la barbarie? -preguntó Económicus-. Comenzaremos a acuñar monedas inmediatamente. Compraremos algunos productos a vuestra gente y los pagaremos generosamente. De ese modo, comenzará a haber dinero en circulación.
-¿Me estáis diciendo que vosotros mismos acuñaréis una moneda que no hemos necesitado en años? ¿Que pagaréis con ella productos que mi gente regala o intercambia libremente? -el anciano negaba con la cabeza.
-Anciano, de este modo se facilitarán y harán más rápidas las transacciones -aseveró Económicus-. Los intercambios comerciales traerán prosperidad, puedo asegurároslo. Y será mucho más sencillo el pago de los impuestos.
-¿Impuestos? ¿Impuestos?
-Protección, organización administrativa, acuñación de moneda... progreso, anciano. Todo eso debe pagarse. Es algo razonable. Incluso, si alguien no puede pagar, no habrá problemas. Facilitaremos créditos a una tasa de interés razonable.
-El agradecimiento y la generosidad agradan a Dios -añadió Religiosus.
-Queréis que mi gente se endeude por usar las monedas que vosotros mismos acuñaréis y estén obligados a usarlas pues deben pagar impuestos...
-Lo dice usted como si fuera una imposición -se extrañó Políticus.
-¡Ah! ¿No lo es?
-En absoluto. Es algo completamente democrático. No hay imposición alguna.
-¿Democrático? ¿Democrático?
-Por supuesto. En caso de que usted y sus vecinos piensen algo distinto, pueden votarlo...
-¡Bien! -gritó el anciano-. ¡Reunamos a la gente y votemos ahora mismo!
-Por favor, señor -negó Políticus-. Le pido un mínimo de organización. Antes de realizar la votación, debe crearse un partido político y redactar sus estatutos. Así, podrán desarrollar su programa y concurrir a las elecciones en el plazo de cuatro años.
-¡Cuatro años!
-Naturalmente. Hay que dar tiempo a que la democracia se asiente.
-Bien, les voy a dar mi opinión -el anciano Guardián temblaba de ira mientras hablaba-. Ustedes se han presentado aquí con un ejército, y quieren aparentar que nos ayudan cuando realmente nos esclavizan. Mi gente ha vivido libre y feliz durante años, a pesar de enfrentarse diariamente a los peligros del caos... ¡pero ustedes son peores! ¡Unos tiranos corruptos que se disfrazan de bienhechores! ¡Que sólo quieren establecerse por la fuerza, pero son tan hipócritas que no quieren reconocerlo! Ustedes señores, son unos hijos de mala madre... ¡y pueden besarme mi puto culo!

Los seis miembros de La Doctrina se miraron grave y tristemente. Gobernus habló:
-Debemos ser justos en todo momento. Legalitus, creo que debe hacer de abogado defensor de este anciano.
-Hermano Gobernus -contestó Legalitus-, me temo que hay poca defensa para el acusado. Podría tratarse de un desequilibrado, pero realmente consiste en un egoísta incapaz de mirar por el beneficio común. Un egoísta capaz de arrastrar a sus conciudadanos al grave riesgo de morir frente a las mareas caóticas. En estos duros tiempos, me atrevería a decir que su obstinación constituye una traición a la humanidad. Su culpabilidad está clara. Aún así, imploro el consejo de nuestro hermano Religiosus.

Religiosus suspiró antes de pronunciar:
-Hermanos, me temo que este hombre está más allá del perdón y la misericordia. Su egoísmo y su soberbia son tales que llevarán la tragedia a su pueblo. Es preferible desechar la manzana podrida antes de que contamine al resto. Que encuentres la paz allá donde vayas, anciano.

Sonó un disparo. El anciano quedó muerto, con la frente atravesada por una bala.

Gobernus miró apesadumbrado al anciano antes de murmurar:
-Anciano egoísta y estúpido. ¿Cómo terminaste así? ¿Acaso no pudiste confiar en nosotros, quienes veníamos a salvaros la vida?

Las imágenes se desvanecieron. Tolosé carraspeó. El Mariscal de Campo, Cuchuflí Montoya, Sir Rosis y yo nos miramos tristemente.
-Casi me siento tentado de dejar en paz al Comando Caprino y matar primero a esos tal "La Doctrina" -musitó Cuchuflí.
-Nada... nos... impide hacerlo -contestó el Mariscal de Campo-. Ellos son... también... enemigos... del caos. Pero... el Grupo... Armado... Mata Cabras... se creó... para exterminar... al... Comando Caprino. Hagamos... ambas... cosas...
-Es justo -asintió Sir Rosis-. Nosotros, el glorioso Grupo Armado Mata Cabras, declaramos la guerra tanto al infame Comando Caprino como a los crueles La Doctrina. ¡Que nuestras armas hablen en el campo de batalla! ¡Será una guerra a tres bandas! ¡Y que los cielos hablen de nuestra gloriosa batalla! ¡He dicho!

Continuará

1 comentario:

  1. Y entre esas armas está la sorpresa y el miedo (porque nadie espera a...)

    https://www.youtube.com/watch?v=oJZ2m6_T1wc

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