Preciosa Laura...
Si mis cálculos no me fallan,
vuelves a tu país esta madrugada.
En nuestra despedida prometí no buscarte,
prometí incluso por azar no encontrarte,
pero nunca juré no despedirme de ti...
Y si no puedo hacerlo en persona
pues sé lo problemático que sería,
al menos déjame escribirte una poesía
que es imposible que llegues a leer.
Para que todos lo sepan,
conocí a Laura una noche,
hace unas semanas,
a una hora indeterminada.
Yo volvía de estar en la fiesta
que organizaba en su casa
el amigo de un amigo...
Fiesta, sinceramente,
cuyo motivo ni recuerdo
ni ahora importa.
Yo había bebido una copa de más
(lo sé, menuda novedad)
y la Plaza de la Constitución estaba en silencio...
hasta que la escuché gritar.
Era una mujer más o menos de mi edad,
cabello azabache, piel canela como la canción
y unos bellos ojos negros y salvajes
que reconozco podrían haber sido los culpables
de llevar al demonio hasta su perdición.
El grito no era debido
ni a un robo, ni a un asalto, ni a un infarto al corazón...
la muy loca estaba increpando a una pareja de carabineros
(acusándoles de la muerte de Salvador Allende)
y salían de su boca mil insultos en un español de irreconocible acento
junto al inconfundible hedor etílico que abrazaba su aliento.
Yo nunca he sido inteligente.
Y antes de que la situación tomara un cariz violento,
grité el primer nombre que me llegó a los labios en ese momento...
¡Laura!
Influenciado, he de reconocerlo,
por haber releído en la fiesta unas horas antes
-para hacer la coña-
el surrealista mensaje de despecho y despedida
de una ex-novia enfurecida.
La muchacha recién rebautizada
quedó afortunadamente callada
(y bastante extrañada)
mientras yo azorado les explicaba
a la pareja de carabineros
que la chica era una amiga mía,
que había bebido demasiado
y que la había perdido sólo un momento de vista...
Les agradecí que la hubieran encontrado
y me disculpé mil veces con los pacos.
Dios estuvo de nuestro lado.
Tras soportar un breve sermón indignado,
avisándonos del lío que nos podríamos haber buscado
y creyendo que no éramos más
que un par de turistas españoles agilipollados,
los carabineros nos dejaron marchar.
Dos cuadras más lejos,
la muchacha vomitó lo que llevaba dentro.
Luego me miró con sus ojos fieros
y recalcó con voz temblorosa
que no estaba borracha,
que simplemente había sufrido
un arrebato emocional
y que con alguien (aunque fuera carabinero)
lo tenía que pagar.
Por supuesto, sonreí irónico,
era un motivo tan lógico...
Le pregunté su nombre.
Ella me devolvió la sonrisa sarcástica
y respondió:
"Laura".
Y así fue como se conocieron
en la madrugada santiaguina
la bella y temeraria felina
y el flaco poeta buscavidas.
Lo que quedaba de noche
lo pasamos sentados en un banco
hablando de nuestra vida y milagros
incluyendo hasta el más íntimo detalle.
Así supe que Laura
era chilena de nacimiento,
estadounidense de adopción,
apátrida de corazón,
rencorosa hacia el mundo por devoción.
Supe de la primera vez
que sufrió por amor,
supe de sus problemas con sus padres,
de su vuelta a Santiago
para arreglar cierto papeleo
que ni le interesaba ni le importaba,
supe que siempre se emocionaba
escuchando a Air Supply y Willie Nelson
o leyendo a Jodorowsky y Mariano Azuela,
y que temporalmente se hospedaba
relativamente cerca de Tobalaba.
Y los primeros tonos dorados del alba
nos encontraron caminando,
agarrados del brazo
y con pasos levemente tambaleantes
en busca de algún lugar abierto
donde desayunar alguna sopaipilla...
sabiéndonos al borde de caer en el río del amor
pero manteniéndonos a duras penas en la orilla.
Continuamos paseando toda la mañana,
hasta que los efectos de la noche anterior
hicieron acto de aparición
y adormecidos nos recostamos
reposando el uno en el otro apoyados,
a la sombra del cerro San Cristóbal.
Y a la tarde llegaron nuevas horas maravillosas a su lado,
aunque el sol se cansó de observarnos
y nos dejó bajo el rojo ocaso,
mirándonos embobados,
una nariz separada por tres milímetros de la otra nariz...
Pero no caímos en la tentación.
Y mi viejo amigo, el barrio Bellavista,
nos abría sus brazos,
engulléndonos en su interior.
Alquilamos una habitación para pasar la noche
en un motel bonito pero relativamente barato
(aunque quizás fuera realmente horroroso y caro,
pero yo no quiero así recordarlo).
Ella me acarició
y me miró fijamente.
Me dijo que siendo yo tan buena persona,
le daba miedo
todo lo que llegaba a ver en mis ojos.
Yo suspiré y rompí ese momento
cayendo a plomo en la cama.
Ella esbozó su sonrisa felina y,
de mala gana,
preguntó:
-¿De veras no va a pasar nada?
A mi pesar, asentí.
Ella se desnudó por completo frente a mí,
se tumbó a mi lado,
me abrazó y ambos nos quedamos así
durante demasiadas horas.
La mañana siguiente sería la mañana del adiós.
A pesar de que era un día caluroso y soleado,
lo recuerdo como envuelto en bruma.
Ambos nos dimos cuenta de que,
sólo por el hecho de nacer, la vida es injusta.
Nunca sabes si cuando estás con una persona
será la última vez que la veas...
pero es tremendamente cruel cuando sí lo sabes.
Por primera vez,
Laura y yo nos besamos.
Nos besamos con desesperación, con anhelo,
con furia, con deseo...
Ambos sabíamos que no volveríamos nunca a vernos.
No hubo una sola lágrima por su parte ni por la mía.
Era una condición que nos había impuesto la vida
por haber dejado que nos conociéramos.
Como ves, mi loca y perfecta Laura,
han pasado las semanas
y no he olvidado la fecha de tu partida.
Si me preguntan, diré que jamás ha ocurrido,
que todo es inventado,
que jamás exististe,
que esta poesía
no es más que una parida
por una desubicada alma escupida
debido a que se aburría...
Pero si tú, mi preciosa felina,
mi amor de tres días,
por una casualidad de la vida llegaras a leer esto,
ten por seguro que tu recuerdo quedó grabado
en el espíritu de este desgraciado.
Te deseo buen viaje en esta madrugada
de vuelta a ese país que,
al igual que este, no sientes como tuyo.
Y te pido perdón
y ojalá no te ofendas...
Ojalá comprendas
que teniendo allí un buen esposo
y un niño de cuatro años,
simplemente me sentí incapaz,
pequeña Laura querida,
de complicarte la vida.
lunes, 7 de abril de 2014
jueves, 3 de abril de 2014
Pequeño Interludio 4: Sin dedicatoria
Agarro una silla.
Me sirvo un largo trago de tónica.
Miro a mis invitados.
Me siento descortés
pues sé que pedirán alcohol los tres,
y yo no quiero acompañarlos.
Pero también sé
que esta será una larga noche
y yo necesito estar sobrio para enfrentarlos...
Mis invitados.
Quieren hablar
de mi estabilidad mental,
de mi situación sentimental,
de si estoy bien o estoy mal.
Qué novedad.
Mis invitados.
Mis tres invitados...
Mi futuro, mi presente, mi pasado.
Le sirvo a mi futuro un generoso chorro de whisky
en un ancho vaso con tres hielos.
Mi presente pide simplemente tomar un poco de pisco
sin nada que acompañar.
Mi pasado agarra una botella de cerveza negra,
un trozo de chocolate puro y una bolsa de cortezas...
Después levanta su bebida e, irónico,
brinda por mí.
Aún no me ha perdonado.
Mi pasado
me odia por todas las veces que dijo "te amo".
Por cada vez que ha jurado que no se marcharía de su lado.
Por todas esas promesas que debieron haber sido eternas,
porque se atrevió a soñar con cuidar
a cada muchacha que ha amado hasta el fin de los tiempos,
porque cada vez que su boca pronunció "te quiero"...
Era cierto.
Él lo decía de corazón.
Pero yo le he convertido en un mentiroso.
Y siento en mi pecho el rencor de sus ojos.
Todos correspondemos al brindis.
Todos nos llevamos la bebida a los labios.
¿Qué otra cosa podemos hacer?
Por mucho que escucharlo duela,
mi pasado ya no tiene aquí influencia.
Mi futuro,
esta noche, parece divertido pero desdibujado.
Y quizás, ligeramente ebrio,
hace el juramento
de entregarse por completo
a la primera mujer que lo encuentre
tras haberlo buscado
con la única intención de abrazarlo.
Pobre estúpido.
A pesar de que sabe lo que está por llegar,
aún se escapa como un gato bohemio
a los tejados para recitar a la luna sus poesías,
sin querer reconocer que a esa lejana roca sin alma
poco puede importarle si vive, si muere o si ama.
Mi presente se ríe
y hace un comentario soez
acerca de su futura ocurrencia.
Él sólo quiere seguir adelante,
independientemente de lo que sea que pase.
Parece que está orgulloso
de saber lidiar con la nostalgia,
de limpiar todo lo que Dios le ha vomitado,
de prosperar en un país lejano;
y presume de superar también
todas las rupturas con cada mujer
que mi pasado ha amado...
Pero todos sabemos que,
a pesar de la suerte que tiene,
a pesar de a lo que ha sobrevivido,
a pesar de que hace amigos
incluso en las madrugadas
de los peores suburbios santiaguinos...
En realidad...
En realidad oculta
que se muere
porque tú
no estás
con él
ahora
aquí.
Mi pasado, mi presente, mi futuro,
dirigen sus miradas hacia mí;
quieren saberlo...
¿Y yo? ¿Qué es lo que yo quiero?
Lo que quiero es imposible.
Porque...
Quizás únicamente quiero escapar del tiempo,
romper las reglas de la realidad,
dormir y no estar solo al despertar
y
(por irrazonable que sea),
dar a la vez
a mi futuro, mi presente y mi pasado
todo lo que quieren.
Y aunque haciendo eso yo no consiga nada,
y aunque haciendo eso yo incluso pierda,
quizás al menos sirva
para que esos tres invitados,
por fin,
de una puta vez,
callen.
Me sirvo un largo trago de tónica.
Miro a mis invitados.
Me siento descortés
pues sé que pedirán alcohol los tres,
y yo no quiero acompañarlos.
Pero también sé
que esta será una larga noche
y yo necesito estar sobrio para enfrentarlos...
Mis invitados.
Quieren hablar
de mi estabilidad mental,
de mi situación sentimental,
de si estoy bien o estoy mal.
Qué novedad.
Mis invitados.
Mis tres invitados...
Mi futuro, mi presente, mi pasado.
Le sirvo a mi futuro un generoso chorro de whisky
en un ancho vaso con tres hielos.
Mi presente pide simplemente tomar un poco de pisco
sin nada que acompañar.
Mi pasado agarra una botella de cerveza negra,
un trozo de chocolate puro y una bolsa de cortezas...
Después levanta su bebida e, irónico,
brinda por mí.
Aún no me ha perdonado.
Mi pasado
me odia por todas las veces que dijo "te amo".
Por cada vez que ha jurado que no se marcharía de su lado.
Por todas esas promesas que debieron haber sido eternas,
porque se atrevió a soñar con cuidar
a cada muchacha que ha amado hasta el fin de los tiempos,
porque cada vez que su boca pronunció "te quiero"...
Era cierto.
Él lo decía de corazón.
Pero yo le he convertido en un mentiroso.
Y siento en mi pecho el rencor de sus ojos.
Todos correspondemos al brindis.
Todos nos llevamos la bebida a los labios.
¿Qué otra cosa podemos hacer?
Por mucho que escucharlo duela,
mi pasado ya no tiene aquí influencia.
Mi futuro,
esta noche, parece divertido pero desdibujado.
Y quizás, ligeramente ebrio,
hace el juramento
de entregarse por completo
a la primera mujer que lo encuentre
tras haberlo buscado
con la única intención de abrazarlo.
Pobre estúpido.
A pesar de que sabe lo que está por llegar,
aún se escapa como un gato bohemio
a los tejados para recitar a la luna sus poesías,
sin querer reconocer que a esa lejana roca sin alma
poco puede importarle si vive, si muere o si ama.
Mi presente se ríe
y hace un comentario soez
acerca de su futura ocurrencia.
Él sólo quiere seguir adelante,
independientemente de lo que sea que pase.
Parece que está orgulloso
de saber lidiar con la nostalgia,
de limpiar todo lo que Dios le ha vomitado,
de prosperar en un país lejano;
y presume de superar también
todas las rupturas con cada mujer
que mi pasado ha amado...
Pero todos sabemos que,
a pesar de la suerte que tiene,
a pesar de a lo que ha sobrevivido,
a pesar de que hace amigos
incluso en las madrugadas
de los peores suburbios santiaguinos...
En realidad...
En realidad oculta
que se muere
porque tú
no estás
con él
ahora
aquí.
Mi pasado, mi presente, mi futuro,
dirigen sus miradas hacia mí;
quieren saberlo...
¿Y yo? ¿Qué es lo que yo quiero?
Lo que quiero es imposible.
Porque...
Quizás únicamente quiero escapar del tiempo,
romper las reglas de la realidad,
dormir y no estar solo al despertar
y
(por irrazonable que sea),
dar a la vez
a mi futuro, mi presente y mi pasado
todo lo que quieren.
Y aunque haciendo eso yo no consiga nada,
y aunque haciendo eso yo incluso pierda,
quizás al menos sirva
para que esos tres invitados,
por fin,
de una puta vez,
callen.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Pequeño Interludio 3: Otra poesía...
Dicen que es una vía muerta.
Dicen que no tiene destino.
Se pierde en el horizonte,
más allá de donde la vista alcanza.
Y yo pienso "quiero ir hacia allá".
Pero los ojos más lindos que una vez habitaron mi vida
me piden que me quede a su lado.
Yo, tristemente, doy el primer paso.
Yo, tristemente, comienzo a caminar.
Y ahora estoy con el rostro quemado por el sol,
con la piel curtida por el viento,
con los zapatos rotos y el pantalón descosido,
con el polvo del camino cubriendo mi camisa,
con la locura del viajero como única compañía,
con un orbe color rojo nostalgia sobre mí...
En este estado que me encuentro, sabiendo mis precedentes,
tú cometes el error de decir que me quieres.
Cada rincón del mundo se está derrumbando.
Y aún así, parece que no existe más que nosotros dos...
Pero es sólo un momento lo que la realidad tarda
en volver a tomar el control.
Dejo caer la máscara.
Y te hago saber que mi única herencia
es el sudor que dejé impregnado
en las sábanas de tantos moteles baratos;
el recuerdo de malcomer en gasolineras
de tantas carreteras secundarias
que sólo me llevaron a la toma de malas decisiones;
el aliento oliendo a vómito,
la bilis ardiendo y pugnando por salir,
los puños cerrados suplicando algo a lo que golpear,
el grito que no llega a nacer y se convierte en lágrimas,
el temblor de un corazón sangrante...
Mi odio que se convierte en culpa que se convierte en pena
y no termina siendo más que mendicidad.
Pero ella se ríe: "bobo, no mientas, cuéntame la verdad".
Niña estúpida. Sólo te he mostrado la mitad...
Yo soy el amante que no llega,
yo soy el amigo que se aleja,
soy el lamento de la ciudad
en la que se abre paso la maleza,
soy una palabra de más
en una noche de borrachera...
Soy el último momento en la vida del suicida
cuando, demasiado tarde, se da cuenta
de que sí merece la pena vivirla...
¿Y tú dices que quieres amarme?
Abre entonces el catálogo de mi corazón
y elige de qué modo quieres que te haga daño.
Una lágrima cruza por su rostro.
La niña se marcha de mi lado.
Me quedo de nuevo a solas;
parado en medio de las vías muertas
que no llevan a ningún sitio,
cruzando el terreno baldío
de tantos errores cometidos.
Y mientras el sol se pone
en mi abandonada ciudad
pienso que, quizás,
sería hermoso volver a amar...
Dicen que no tiene destino.
Se pierde en el horizonte,
más allá de donde la vista alcanza.
Y yo pienso "quiero ir hacia allá".
Pero los ojos más lindos que una vez habitaron mi vida
me piden que me quede a su lado.
Yo, tristemente, doy el primer paso.
Yo, tristemente, comienzo a caminar.
Y ahora estoy con el rostro quemado por el sol,
con la piel curtida por el viento,
con los zapatos rotos y el pantalón descosido,
con el polvo del camino cubriendo mi camisa,
con la locura del viajero como única compañía,
con un orbe color rojo nostalgia sobre mí...
En este estado que me encuentro, sabiendo mis precedentes,
tú cometes el error de decir que me quieres.
Cada rincón del mundo se está derrumbando.
Y aún así, parece que no existe más que nosotros dos...
Pero es sólo un momento lo que la realidad tarda
en volver a tomar el control.
Dejo caer la máscara.
Y te hago saber que mi única herencia
es el sudor que dejé impregnado
en las sábanas de tantos moteles baratos;
el recuerdo de malcomer en gasolineras
de tantas carreteras secundarias
que sólo me llevaron a la toma de malas decisiones;
el aliento oliendo a vómito,
la bilis ardiendo y pugnando por salir,
los puños cerrados suplicando algo a lo que golpear,
el grito que no llega a nacer y se convierte en lágrimas,
el temblor de un corazón sangrante...
Mi odio que se convierte en culpa que se convierte en pena
y no termina siendo más que mendicidad.
Pero ella se ríe: "bobo, no mientas, cuéntame la verdad".
Niña estúpida. Sólo te he mostrado la mitad...
Yo soy el amante que no llega,
yo soy el amigo que se aleja,
soy el lamento de la ciudad
en la que se abre paso la maleza,
soy una palabra de más
en una noche de borrachera...
Soy el último momento en la vida del suicida
cuando, demasiado tarde, se da cuenta
de que sí merece la pena vivirla...
¿Y tú dices que quieres amarme?
Abre entonces el catálogo de mi corazón
y elige de qué modo quieres que te haga daño.
Una lágrima cruza por su rostro.
La niña se marcha de mi lado.
Me quedo de nuevo a solas;
parado en medio de las vías muertas
que no llevan a ningún sitio,
cruzando el terreno baldío
de tantos errores cometidos.
Y mientras el sol se pone
en mi abandonada ciudad
pienso que, quizás,
sería hermoso volver a amar...
miércoles, 12 de febrero de 2014
Pequeño Interludio 2: Poesía
Bebí demasiado anoche.
Me he levantado mareado
y con la falsa sensación etílica
de que estabas a mi lado.
La realidad me abofetea
y vuelve a hacerme entender
que es de soledad
el único rostro que,
somnoliento, podré ver.
Un único rayo de sol
golpea mis ojos atravesando la ventana.
Me ducho, me visto,
me espabilo de mala gana.
En ese momento me doy cuenta
de un papel sobre el monitor:
Una poesía que escribí anoche
(aunque fuera el alcohol quien la dictó).
Y recuerdo que estaba seguro, mientras la creaba,
que tal obra de arte sería, sin duda,
alabada de ser leída por Huidobro o por Neruda.
Una hora más tarde descifro los jeroglíficos
y consigo al fin leer:
"estoy bebiendo mucho pisco,
mañana me levantaré hecho cisco".
...
A veces me detesto a mí mismo.
Salgo de mi casa hacia el trabajo.
Da igual Madrid que Santiago...
no sé si esto es un vagón de metro
o uno de ganado.
Miro a la gente y me pregunto extrañado
si yo creía haberte olvidado...
¿por qué es justo tu nombre el que susurran mis labios?
(o el tuyo, debo reconocerlo;
o el tuyo, que me rompiste el corazón;
o el tuyo, que te lo rompí yo).
Y mi jornada laboral comienza
-ventas, clientes, clientes, ventas-
tal y como tras la comida
un perro sin dueño callejea.
Así recorro todo Santiago
y, como de costumbre,
me despisto y tomo la calle que no era.
Quizás porque iba pensando en ti.
(y también en ti, debo reconocerlo;
y en ti, que me rompiste el corazón;
y en ti, que te lo rompí yo).
Bueno, que por lo que sea que fuera, me perdí.
Y ya no hay rascacielos.
Es un mal suburbio lo que tengo frente a mí.
Ay.
Bajo un sol demasiado hermoso,
agotado y sudoroso,
retomo el buen camino.
Entonces me corrijo...
El único buen camino
es el que me llevaría a estar junto a ti.
(o también junto a ti, debo reconocerlo;
o junto a ti, que me rompiste el corazón;
o junto a ti, que te lo rompí yo).
De acuerdo... retomo el camino no tan bueno.
Al menos concreté la venta
y no terminé otra vez en Chicureo.
Y mientras sigo caminando
sigo pensando en ti...
Y no quiero pensar en ti
(ni en ti, debo reconocerlo;
y tampoco en ti, que me rompiste el corazón;
ni en ti, que te lo rompí yo).
Me he levantado mareado
y con la falsa sensación etílica
de que estabas a mi lado.
La realidad me abofetea
y vuelve a hacerme entender
que es de soledad
el único rostro que,
somnoliento, podré ver.
Un único rayo de sol
golpea mis ojos atravesando la ventana.
Me ducho, me visto,
me espabilo de mala gana.
En ese momento me doy cuenta
de un papel sobre el monitor:
Una poesía que escribí anoche
(aunque fuera el alcohol quien la dictó).
Y recuerdo que estaba seguro, mientras la creaba,
que tal obra de arte sería, sin duda,
alabada de ser leída por Huidobro o por Neruda.
Una hora más tarde descifro los jeroglíficos
y consigo al fin leer:
"estoy bebiendo mucho pisco,
mañana me levantaré hecho cisco".
...
A veces me detesto a mí mismo.
Salgo de mi casa hacia el trabajo.
Da igual Madrid que Santiago...
no sé si esto es un vagón de metro
o uno de ganado.
Miro a la gente y me pregunto extrañado
si yo creía haberte olvidado...
¿por qué es justo tu nombre el que susurran mis labios?
(o el tuyo, debo reconocerlo;
o el tuyo, que me rompiste el corazón;
o el tuyo, que te lo rompí yo).
-ventas, clientes, clientes, ventas-
tal y como tras la comida
un perro sin dueño callejea.
Así recorro todo Santiago
y, como de costumbre,
me despisto y tomo la calle que no era.
Quizás porque iba pensando en ti.
(y también en ti, debo reconocerlo;
y en ti, que me rompiste el corazón;
y en ti, que te lo rompí yo).
Bueno, que por lo que sea que fuera, me perdí.
Y ya no hay rascacielos.
Es un mal suburbio lo que tengo frente a mí.
Ay.
Bajo un sol demasiado hermoso,
agotado y sudoroso,
retomo el buen camino.
Entonces me corrijo...
El único buen camino
es el que me llevaría a estar junto a ti.
(o también junto a ti, debo reconocerlo;
o junto a ti, que me rompiste el corazón;
o junto a ti, que te lo rompí yo).
De acuerdo... retomo el camino no tan bueno.
Al menos concreté la venta
y no terminé otra vez en Chicureo.
Y mientras sigo caminando
sigo pensando en ti...
Y no quiero pensar en ti
(ni en ti, debo reconocerlo;
y tampoco en ti, que me rompiste el corazón;
ni en ti, que te lo rompí yo).
Desde Rancagua a Maipú,
desde Viña del Mar a Estación Central...
ahora me veo en una calle perdida
en el quinto coño
de Quinta Normal
esperando a un cliente que no está.
Y aunque no quiero,
agarro papel y lápiz
y comienzo a escribir.
Así nació esta balada
que ahora lo es todo,
mañana será nada.
Un intento inútil de aflojar en mi pecho
el espino de la alambrada
que suponer querer abrazarte
y no poder hacerlo.
Y el sol del verano en febrero
se ríe
y escribe en el sudor de mi espalda
"por favor, pasaporte".
Sol reculiao, eso es broma pesada.
En venganza me alegraré
cuando llegue hoy el atardecer...
Y entonces volveré a mi departamento,
y veré como se vuelve naranja el cielo,
acompañado de cerveza y de una empanada
hasta que la noche me lleve a la cama
y, sin darme cuenta, me quede dormido
escuchando malas canciones de España.
Sabiendo que, aunque no quiera,
volveré a soñar contigo...
(o contigo, debo reconocerlo;
o contigo, que me rompiste el corazón;
o contigo, que te lo rompí yo).
y comienzo a escribir.
Así nació esta balada
que ahora lo es todo,
mañana será nada.
Un intento inútil de aflojar en mi pecho
el espino de la alambrada
que suponer querer abrazarte
y no poder hacerlo.
Y el sol del verano en febrero
se ríe
y escribe en el sudor de mi espalda
"por favor, pasaporte".
Sol reculiao, eso es broma pesada.
En venganza me alegraré
cuando llegue hoy el atardecer...
Y entonces volveré a mi departamento,
y veré como se vuelve naranja el cielo,
acompañado de cerveza y de una empanada
hasta que la noche me lleve a la cama
y, sin darme cuenta, me quede dormido
escuchando malas canciones de España.
Sabiendo que, aunque no quiera,
volveré a soñar contigo...
(o contigo, debo reconocerlo;
o contigo, que me rompiste el corazón;
o contigo, que te lo rompí yo).
Hasta la siguiente mañana...
sábado, 11 de enero de 2014
Pequeño interludio: Poesía
Como tantas otras noches
me encuentro caminando en la madrugada.
Aún no sé si esta luna dorada
es esa misma luna a quien escribía poesías
en una tierra ahora tan lejana.
En esta noche
la ciudad me escupe su inmundicia
y el cielo se oscurece hasta más allá del negro.
Y yo quisiera correr, correr cada vez más rápido y más lejos,
correr hasta un lugar donde no alcancen los remordimientos.
En vez de eso, sigo caminando.
Sigo pisando esta biliosa nocturnidad urbana.
Y en el rincón más oscuro de un callejón solitario,
a salvo de toda mirada...
me permito temblar.
Cuatro grandes perros,
todos de color negro, todos sin dueño,
custodian mi debilidad.
Tenso los músculos, cierro los puños
y nuevamente recuento cada una de mis cicatrices.
Como siempre, no son tantas
como las más profundas,
las que marcan mi alma.
Uno de los perros aúlla.
Yo quiero saber porqué aún no me has olvidado,
si hasta yo me olvidé de mí.
En una prueba de fe,
desgarro mi pecho y coloco ante mis ojos mi corazón.
Y ante mis testigos,
estos cuatro grandes perros sin dueño,
certifico
que aunque tú vuelvas,
mi corazón ya no late.
Y la araña de rincón
que en su momento anidó
en mi ventrículo derecho
me mira con lástima.
Odio cuando sus seis ojos
me miran así.
En ese momento escucho la voz de la mujer a quien amé:
"no luches más, ríndete".
Escucho tantas voces de amigos que abandoné:
"no luches más, ríndete".
Escucho la letra de la canción que silencié...
"no luches más, ríndete".
No puedo. No puedo rendirme. No sé como hacerlo...
No lo sé.
Entre lágrimas levanto la cabeza
y sigo caminando,
hacia delante.
Quizás,
sólo por joder.
La persona que yo era ayer
rompe mi boca con su puño.
Él también cree que lo traicioné.
Pero, ¿tanta culpa tengo por ser
lo que hoy soy?
Creo que no.
Pero los pecados del pasado
ni están de acuerdo
ni quieren aceptarlo,
ni me impiden olvidarlo...
Y me preguntan:
¿De qué sirvo si mis manos no crean?
¿De qué sirvo si mi alma no ama?
Y mis venas secas me imploran:
"ama, haz que la sangre vuelva a darnos vida".
Pero ya no sé como hacerlo.
Y mis venas se gangrenan
y caen muertas al sucio suelo
del este oscuro rincón en un solitario callejón de la extraña ciudad.
Pero no me importa.
Ya nada importa.
Sólo me importa el seguir adelante, aunque sea por inercia.
Sigo adelante.
Y quizás, sólo quizás,
la vida tenga piedad al final...
Y mi caminar no termine, simplemente,
en un anodino "continuará..."
me encuentro caminando en la madrugada.
Aún no sé si esta luna dorada
es esa misma luna a quien escribía poesías
en una tierra ahora tan lejana.
En esta noche
la ciudad me escupe su inmundicia
y el cielo se oscurece hasta más allá del negro.
Y yo quisiera correr, correr cada vez más rápido y más lejos,
correr hasta un lugar donde no alcancen los remordimientos.
En vez de eso, sigo caminando.
Sigo pisando esta biliosa nocturnidad urbana.
Y en el rincón más oscuro de un callejón solitario,
a salvo de toda mirada...
me permito temblar.
Cuatro grandes perros,
todos de color negro, todos sin dueño,
custodian mi debilidad.
Tenso los músculos, cierro los puños
y nuevamente recuento cada una de mis cicatrices.
Como siempre, no son tantas
como las más profundas,
las que marcan mi alma.
Uno de los perros aúlla.
Yo quiero saber porqué aún no me has olvidado,
si hasta yo me olvidé de mí.
En una prueba de fe,
desgarro mi pecho y coloco ante mis ojos mi corazón.
Y ante mis testigos,
estos cuatro grandes perros sin dueño,
certifico
que aunque tú vuelvas,
mi corazón ya no late.
Y la araña de rincón
que en su momento anidó
en mi ventrículo derecho
me mira con lástima.
Odio cuando sus seis ojos
me miran así.
En ese momento escucho la voz de la mujer a quien amé:
"no luches más, ríndete".
Escucho tantas voces de amigos que abandoné:
"no luches más, ríndete".
Escucho la letra de la canción que silencié...
"no luches más, ríndete".
No puedo. No puedo rendirme. No sé como hacerlo...
No lo sé.
Entre lágrimas levanto la cabeza
y sigo caminando,
hacia delante.
Quizás,
sólo por joder.
La persona que yo era ayer
rompe mi boca con su puño.
Él también cree que lo traicioné.
Pero, ¿tanta culpa tengo por ser
lo que hoy soy?
Creo que no.
Pero los pecados del pasado
ni están de acuerdo
ni quieren aceptarlo,
ni me impiden olvidarlo...
Y me preguntan:
¿De qué sirvo si mis manos no crean?
¿De qué sirvo si mi alma no ama?
Y mis venas secas me imploran:
"ama, haz que la sangre vuelva a darnos vida".
Pero ya no sé como hacerlo.
Y mis venas se gangrenan
y caen muertas al sucio suelo
del este oscuro rincón en un solitario callejón de la extraña ciudad.
Pero no me importa.
Ya nada importa.
Sólo me importa el seguir adelante, aunque sea por inercia.
Sigo adelante.
Y quizás, sólo quizás,
la vida tenga piedad al final...
Y mi caminar no termine, simplemente,
en un anodino "continuará..."
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Estoy de Vuelta 89
En ese preciso instante, en el museo de ciencias naturales, en una tranquila sección del edificio dedicada a la biología, un entrañable matrimonio de ancianitos observaba una pareja de ardillas disecadas.
-Mira, cariño, mira… parece como si estuvieran vivas y todo…
De repente, un guardia de seguridad apareció corriendo y gritando entre grandes aspavientos, armando un considerable alboroto:
-¡Socorro! ¡Socorro! ¡Los fósiles se mueven!
-¡Fósil lo será la zorra de tu madre, cabrón! –gritó el marido ancianito mientras le dedicaba un corte de mangas al guardia de seguridad. Luego se volvió a su mujer- ¡Qué grosero y maleducado! ¿Qué me estabas diciendo, cariño?
-Amor mío –respondió la esposa ancianita, con un nudo en la garganta-, te decía que estas ardillas disecadas parece que estuvieran vivas y todo…
Y “las dos ardillas disecadas que parecían estar vivas y todo” saltaron encima del rostro de los entrañables ancianitos y les comieron la nariz.
Nota del autor: El autor pasa completamente de describir todas las macabras situaciones que se vivieron en el museo de ciencias naturales a raíz de la maldición de Canael. Si realmente quieren saber la que organizó el esqueleto de brontosaurio, pueden remitirse al capítulo 8º de la novela titulada Guerra de Pavos donde el protagonista conoce a su futura suegra.
Postdata: El museo antropológico se encontraba también dentro del radio de acción de la maldición del demonio arrepentido Canael.
-Efectivamente. Están en el museo –informó Harry anonadado.
Los Cazadores e Investigadores de lo Paranormal y lo Oculto Taumatúrgicamente Eficientes acababan de aparcar su furgoneta al lado del museo de ciencias naturales. La gente huía aterrorizada del recinto, algunos de ellos con ardillas disecadas prendidas de sus ropas o perseguidos por algún esqueleto de lince ibérico.
La cola del esqueleto de un brontosaurio se asomó al exterior desde una ventana, rompiendo el cristal.
-¡Moveos! –gritó Jingjing, saliendo de la furgoneta, desenvainando sus katanas y corriendo hacia la entrada-. ¡Es la oportunidad de nuestras vidas!
Harry, algo reluctante, echó a correr detrás de ella. El pater le siguió santiguándose a la carrera. Manolo y Sebas se miraron asombrados.
-¡Qué pasada! –gritó Sebas.
Y ambos echaron a correr también.
Los cazadores entraron en el caos. Un pez sierra disecado se agitaba convulsamente en la pared a la que estaba fijado. La calavera de un tiranosaurio botaba persiguiendo un fósil de ammonites que rodaba girando sobre sí mismo. Un vigilante de seguridad intentaba desembarazarse de un lobo marsupial que le tenía agarrado de los pantalones. Un guía del museo escapaba aterrado de una cohorte de buitres disecados que querían picotearle la lengua.
-¡Avanzad! –gritó Jingjing.
E hizo girar sus katanas.
Rubén, aterrado, había logrado arrastrar a Isabel hasta un rincón de la sala, fuera del alcance del Espectro, aprovechando que la atención de su enemigo estaba centrada en Canael. Pero no sabía qué más podría hacer.
Tras un intenso forcejeo, el Espectro lanzó por los aires al demonio, el cual se estrelló dolorosamente contra una vitrina de minerales. El oscuro ser siseó, comprobando que las garras de Canael habían arañado su impía carne. Mas sólo eran heridas leves.
-“¡Debemos hacer algo!
¡O ese cabrón oscuro
nos estampará contra un muro
y hará de nuestro amigo caldo!”
-¡Hasta Poeta está bajo tensión! –protestó Fito interponiéndose entre el Espectro y el caído Canael-. ¡Sus rimas son aún peor de lo acostumbrado!
-¡Fito! –gritó Cosme-. Si eso ha podido con Sheila y Canael, ¡tú no tienes ninguna oportunidad!
-Es cierto –susurró la tenebrosa voz del Espectro-. Nada tengo contra ti. Apártate. Sólo quiero a tu amigo el demonio.
-¡Por encima de mi cadáver! –contestó Fito.
-¡Eres un cadáver! –le recordó Cosme.
-¡Entonces, poco puedo perder! –replicó el esqueleto.
Continuará
-Mira, cariño, mira… parece como si estuvieran vivas y todo…
De repente, un guardia de seguridad apareció corriendo y gritando entre grandes aspavientos, armando un considerable alboroto:
-¡Socorro! ¡Socorro! ¡Los fósiles se mueven!
-¡Fósil lo será la zorra de tu madre, cabrón! –gritó el marido ancianito mientras le dedicaba un corte de mangas al guardia de seguridad. Luego se volvió a su mujer- ¡Qué grosero y maleducado! ¿Qué me estabas diciendo, cariño?
-Amor mío –respondió la esposa ancianita, con un nudo en la garganta-, te decía que estas ardillas disecadas parece que estuvieran vivas y todo…
Y “las dos ardillas disecadas que parecían estar vivas y todo” saltaron encima del rostro de los entrañables ancianitos y les comieron la nariz.
Nota del autor: El autor pasa completamente de describir todas las macabras situaciones que se vivieron en el museo de ciencias naturales a raíz de la maldición de Canael. Si realmente quieren saber la que organizó el esqueleto de brontosaurio, pueden remitirse al capítulo 8º de la novela titulada Guerra de Pavos donde el protagonista conoce a su futura suegra.
Postdata: El museo antropológico se encontraba también dentro del radio de acción de la maldición del demonio arrepentido Canael.
-Efectivamente. Están en el museo –informó Harry anonadado.
Los Cazadores e Investigadores de lo Paranormal y lo Oculto Taumatúrgicamente Eficientes acababan de aparcar su furgoneta al lado del museo de ciencias naturales. La gente huía aterrorizada del recinto, algunos de ellos con ardillas disecadas prendidas de sus ropas o perseguidos por algún esqueleto de lince ibérico.
La cola del esqueleto de un brontosaurio se asomó al exterior desde una ventana, rompiendo el cristal.
-¡Moveos! –gritó Jingjing, saliendo de la furgoneta, desenvainando sus katanas y corriendo hacia la entrada-. ¡Es la oportunidad de nuestras vidas!
Harry, algo reluctante, echó a correr detrás de ella. El pater le siguió santiguándose a la carrera. Manolo y Sebas se miraron asombrados.
-¡Qué pasada! –gritó Sebas.
Y ambos echaron a correr también.
Los cazadores entraron en el caos. Un pez sierra disecado se agitaba convulsamente en la pared a la que estaba fijado. La calavera de un tiranosaurio botaba persiguiendo un fósil de ammonites que rodaba girando sobre sí mismo. Un vigilante de seguridad intentaba desembarazarse de un lobo marsupial que le tenía agarrado de los pantalones. Un guía del museo escapaba aterrado de una cohorte de buitres disecados que querían picotearle la lengua.
-¡Avanzad! –gritó Jingjing.
E hizo girar sus katanas.
Rubén, aterrado, había logrado arrastrar a Isabel hasta un rincón de la sala, fuera del alcance del Espectro, aprovechando que la atención de su enemigo estaba centrada en Canael. Pero no sabía qué más podría hacer.
Tras un intenso forcejeo, el Espectro lanzó por los aires al demonio, el cual se estrelló dolorosamente contra una vitrina de minerales. El oscuro ser siseó, comprobando que las garras de Canael habían arañado su impía carne. Mas sólo eran heridas leves.
-“¡Debemos hacer algo!
¡O ese cabrón oscuro
nos estampará contra un muro
y hará de nuestro amigo caldo!”
-¡Hasta Poeta está bajo tensión! –protestó Fito interponiéndose entre el Espectro y el caído Canael-. ¡Sus rimas son aún peor de lo acostumbrado!
-¡Fito! –gritó Cosme-. Si eso ha podido con Sheila y Canael, ¡tú no tienes ninguna oportunidad!
-Es cierto –susurró la tenebrosa voz del Espectro-. Nada tengo contra ti. Apártate. Sólo quiero a tu amigo el demonio.
-¡Por encima de mi cadáver! –contestó Fito.
-¡Eres un cadáver! –le recordó Cosme.
-¡Entonces, poco puedo perder! –replicó el esqueleto.
Continuará
martes, 29 de octubre de 2013
Estoy de Vuelta 88
Sin embargo, un deslumbrante fulgor dorado hizo detenerse a la masa de oscuridad. Pero Felisa sólo fue capaz de detener momentáneamente al monstruo ahora conocido como Espectro.
Isabel quiso gritar, desterrar de su mente esas alucinaciones. Pero no pudo.
Alguien gritaba su nombre.
Se volvió sólo para ver a Rubén entrando a la carrera, acompañado de lo que parecía un ejército del submundo.
-Mi sueño… -murmuró Isabel.
Y cayó inconsciente al suelo.
-¡Isabel! –gritó Rubén llorando.
El joven llegó a su lado, se arrodilló y abrazó su cuerpo inmóvil.
-Isabel…
Ni siquiera se percató de Canael, lanzándose con furia irracional contra su enemigo.
-Isabel…
El demonio aulló de dolor cuando la oscuridad intentó envolverle.
-Tú o ella –murmuró con regocijo el Espectro-. Realmente, ¿qué más da?
Canael rugió de ira y su cuerpo pareció crecer, intentando escapar de la asfixia en esa oscura perdición. No podía. No era capaz de hacerlo.
Sheila llegó a su lado y abrazó al demonio, intentando separarle de la oscuridad. El tacto helado de Sheila llegó hasta el pecho del demonio. La oscuridad del Espectro no pudo romper la fría coraza que ahora protegía el corazón de Canael.
-¡No quiero perderte! –gritó Sheila, clavando sus ojos en Canael-. Te… ¡te quiero!
Frustrado, impaciente por acabar de una vez con su hambre, los tentáculos oscuros del Espectro se clavaron en el insustancial cuerpo de Sheila. Sus fantasmagóricos ojos, por primera vez, mostraron el dolor. Y Sheila se derrumbó en el suelo, aterida de frío, al borde de la no existencia. Los oscuros tentáculos del Espectro volvieron a alzarse.
-¡No! –los brazos de Canael se alzaron sangrantes, rompiendo la presa del
Espectro-. ¡No le harás daño! ¡No le harás daño a nadie más! ¡Maldito seas! ¡MALDITO SEAS!
-¡Arcángel Doradiel! ¡Arcángel Doradiel! –chilló el querubín.
El Arcángel Doradiel le miró con los ojos inyectados en sangre. Una botella de tequila vacía llegó rodando, como una etílica blasfemia, hasta el querubín.
-¿Arcángel Doradiel? –preguntó el querubín.
-Dime qué coño pasa ahora –respondió en arcángel, con voz quejumbrosa.
-Eh… esto… está… ¿está usted realmente borracho, Arcángel Doradiel?
-Sí.
-Pero…
-¿Qué?
-El demonio arrepentido Canael y el Espectro se están enfrentando en este mismo momento, señor.
-Pues apuesta quinientos pavos por el Espectro.
-¿Cómo?
-Así, da igual quien gane. Nosotros también ganamos.
-Arcángel Doradiel… el demonio arrepentido Canael ha maldecido al Espectro, señor.
-¿Y qué? A mí también me gustaría maldecir a ese hijo de puta, a la puta que lo parió, a sus putos hijos, a su puto perro y a todos sus putos ancestros. ¿Qué pasa con eso?
-Na… nada, señor. Nada, si es usted quien maldice, claro… pero… pero recuerde lo que ocurre cuando un demonio maldice con fuerza…
-Que los muertos se alzan y abandonan sus tumbas. Vamos, como si necesitáramos aún más muertos correteando por ahí –respondió Doradiel con un bufido-. ¿Y qué pasa? ¿Hay algún cementerio cerca?
-No, señor.
-Entonces, ¿qué problema hay?
-Que están luchando en el museo de ciencias naturales.
-No me jodas…
Isabel quiso gritar, desterrar de su mente esas alucinaciones. Pero no pudo.
Alguien gritaba su nombre.
Se volvió sólo para ver a Rubén entrando a la carrera, acompañado de lo que parecía un ejército del submundo.
-Mi sueño… -murmuró Isabel.
Y cayó inconsciente al suelo.
-¡Isabel! –gritó Rubén llorando.
El joven llegó a su lado, se arrodilló y abrazó su cuerpo inmóvil.
-Isabel…
Ni siquiera se percató de Canael, lanzándose con furia irracional contra su enemigo.
-Isabel…
El demonio aulló de dolor cuando la oscuridad intentó envolverle.
-Tú o ella –murmuró con regocijo el Espectro-. Realmente, ¿qué más da?
Canael rugió de ira y su cuerpo pareció crecer, intentando escapar de la asfixia en esa oscura perdición. No podía. No era capaz de hacerlo.
Sheila llegó a su lado y abrazó al demonio, intentando separarle de la oscuridad. El tacto helado de Sheila llegó hasta el pecho del demonio. La oscuridad del Espectro no pudo romper la fría coraza que ahora protegía el corazón de Canael.
-¡No quiero perderte! –gritó Sheila, clavando sus ojos en Canael-. Te… ¡te quiero!
Frustrado, impaciente por acabar de una vez con su hambre, los tentáculos oscuros del Espectro se clavaron en el insustancial cuerpo de Sheila. Sus fantasmagóricos ojos, por primera vez, mostraron el dolor. Y Sheila se derrumbó en el suelo, aterida de frío, al borde de la no existencia. Los oscuros tentáculos del Espectro volvieron a alzarse.
-¡No! –los brazos de Canael se alzaron sangrantes, rompiendo la presa del
Espectro-. ¡No le harás daño! ¡No le harás daño a nadie más! ¡Maldito seas! ¡MALDITO SEAS!
-¡Arcángel Doradiel! ¡Arcángel Doradiel! –chilló el querubín.
El Arcángel Doradiel le miró con los ojos inyectados en sangre. Una botella de tequila vacía llegó rodando, como una etílica blasfemia, hasta el querubín.
-¿Arcángel Doradiel? –preguntó el querubín.
-Dime qué coño pasa ahora –respondió en arcángel, con voz quejumbrosa.
-Eh… esto… está… ¿está usted realmente borracho, Arcángel Doradiel?
-Sí.
-Pero…
-¿Qué?
-El demonio arrepentido Canael y el Espectro se están enfrentando en este mismo momento, señor.
-Pues apuesta quinientos pavos por el Espectro.
-¿Cómo?
-Así, da igual quien gane. Nosotros también ganamos.
-Arcángel Doradiel… el demonio arrepentido Canael ha maldecido al Espectro, señor.
-¿Y qué? A mí también me gustaría maldecir a ese hijo de puta, a la puta que lo parió, a sus putos hijos, a su puto perro y a todos sus putos ancestros. ¿Qué pasa con eso?
-Na… nada, señor. Nada, si es usted quien maldice, claro… pero… pero recuerde lo que ocurre cuando un demonio maldice con fuerza…
-Que los muertos se alzan y abandonan sus tumbas. Vamos, como si necesitáramos aún más muertos correteando por ahí –respondió Doradiel con un bufido-. ¿Y qué pasa? ¿Hay algún cementerio cerca?
-No, señor.
-Entonces, ¿qué problema hay?
-Que están luchando en el museo de ciencias naturales.
-No me jodas…
Continuará
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