martes, 8 de julio de 2014

Golpeado por la vida

Debo reconocerlo, señor abogado:
Mi motivo no fue otro que estar bastante aburrido
y, por pasar el rato, me lié a hostias con la vida.
Ahora tengo los nudillos pelados, la frente partida,
mucha tierra en la boca y el orgullo herido.
Aún no he aprendido a caer sin hacerme daño
pero tampoco sé rendirme y permanecer tumbado
mientras el árbitro cuenta hasta diez.

"Accidente común" reza el parte médico.
¿Común? Como si pudiera darle crédito
a cualquier cosa (cualquiera) que digan de mí.
Y aún en estas condiciones ensangrentadas,
¿me atrevo a hablarle de amor a una muchacha?
Podría haber acusado a todo el alcohol que bebí,
pero eludir la responsabilidad no es mi estilo.
¡Total, si el existir es tan divertido
que la vida, tras estrellar mi ceja contra la grava
me recoge y me deposita suave en una cama
donde al despertar lo primero que veo es su cara!

Y aunque todo puede que empiece y acabe
en un único momento de ternura,
esta vida en la que todo pasa
me deja otro bello recuerdo
que me sirve para compensar
el haberme regodeado
(durante tanto tiempo)
en el dolor del pasado.
Se han roto herrumbrosos los eslabones
que encadenaban mi alma al suelo
y vivo volando este presente...
asumiendo incluso gustoso el riesgo
de que, al aterrizar, vuelva a destrozarse mi frente.
Pues son MIS errores y son MIS aciertos,
no estoy dispuesto a renegar de ellos.
En esta decisión mía de no ocultar los sentimientos,
miro a la cara a mis peores vergüenzas...
y tras esa decisión, descubro que ya no me afectan.

Curioso que, ahora que peino canas
(tras un juventud casi espartana),
descubra que soy callejero, carretero,
y hasta la peor acepción de caletero.
Desde hoy, en cada brillante amanecer,
en cada atardecer color pastel,
le mostraré al sol una nueva cicatriz
y, como pesado que soy,
le contaré la historia de cómo la conseguí.
Pero, al mismo tiempo,
evocaré para mis adentros
este mi nuevo y pequeño recuerdo feliz.

miércoles, 2 de julio de 2014

Opilión

Chile no es un buen lugar para los arácnidos.
Con el miedo que hay a las arañas de rincón,
no importa que uno sólo sea un humilde opilión...
o escapas o acaban contigo de un escobazo.

Por eso pensé que mi suerte había terminado
cuando se hizo la luz en esa fría habitación
y me encontré frente a frente con un humano
que pareció estudiarme un eterno momento.
Pero, simplemente, extendió su mano
y, con una caricia, me agarró suavemente
y me depositó encima de una mesa.

Luego me habló con una sonrisa irónica:
"Después de recibir durante una semana
únicamente visitas de espectros y fantasmas
(la reputación de estas torres es merecida)
es agradable ver un huésped de carne y hueso
o, en este caso, de carne y quitina.
Aunque me temo que mi arrendada casa
no es el mejor lugar para un artrópodo...
y quizás, tampoco para cualquier otro animal.
Como ves, en mi hogar, la temperatura glaciar
sólo es apreciada por los pingüinos emperador
que han encontrado su hábitat ideal en mi habitación.
Pero el ordenador portátil dará bastante calor
como para que te encuentres cómodo acá.
Yo también quisiera sábanas más cálidas
donde mis pies no acaben envueltos en témpanos
pero invitar a alguien para compartirlas
es lo único que se me ocurre como solución
y, por desgracia, me temo que no será hoy
cuando se llegue a esa situación."

Y con esas excéntricas palabras,
el humano me rascó los quelíceros
como si yo de un perro me tratara.
Luego cambió su camisa por un polerón
y me invitó solemnemente a participar
en lo que él había decidido llamar
"una velada degenerativa inesperada".
Eso significaba que su plan era caer en la cama
para ventilarse unos nachos con queso
y una tableta de chocolate entera,
acompañado todo de una cerveza negra
mientras escuchaba una música tan mala
que, aunque los opiliones somos sordos,
hasta a mí me daba vergüenza que sonara
(no me miren así, sé leer los labios
y por eso me enteré de qué hablaba el humano).

Aunque raro, reconozco que fue buen anfitrión.
"Ojalá seas de tipo omnívoro" -me dijo-,
"no creas que tengo comida para bichos."
 Y rompió en pedazos unos nachos y se fue,
 para después traerlos junto con orégano y miel
e invitarme con un ademán a comer.

Y mientras devorábamos nuestras viandas,
me quedé mirando al particular humano.
Me pregunté porqué no me había matado
de un vulgar zapatillazo
y, en cambio, me estaba dando de comer.
Como sintiendo mi confusión,
el humano respondió:
"¿Cuáles son las probabilidades
de que dos seres vivos cualesquiera
se encuentren un punto aleatorio
de este inmenso mundo?
¿Y si a eso le añadimos
la probabilidad condicionada
de que entablen relación?
Imagino que mínima, ¿verdad?
Pero si tú y yo nos hemos encontrado
(lo cual ya es un pequeño milagro)
y además hemos entablado relación,
¿por qué habría de ser ésta
el hacernos daño?"

Y después de cenar,
cuando la luz ya se apagó,
me quedé velando el sueño del humano
en la pequeña y fría habitación.
Aunque no es habitual la amistad
entre un hombre y un opilión,
al haberse producido ésta
sabe que, por pequeña que sea,
cuentas con mi bendición.


sábado, 14 de junio de 2014

Felicidad

Dorado, naranja, rojo, púrpura, rosado...
El espectro de colores mostrado por el cielo
reflejado en la superficie del océano
y mis cuatro amigos y yo allí sentados,
en el punto más alto del arrecife,
mirando al mar embelesados.

Hasta que me pregunta el Mono:
-Y tú, ¿en qué estás pensando?
-Un amigo me lanzó un desafío,
crear cinco poemas alegres seguidos.
Algo que en principio debía ser sencillo
veo que se me está complicando.

-Me resulta extraño que hayas aceptado,
tus poemas sólo hablan de noches demasiado oscuras,
de amores perdidos y metáforas rayando la locura.
Siempre has sido un solitario rodeado de gente,
un artista escondido tras los números,
un estúpido inteligente, una contradicción viviente...
y tus escritos no son más que el modo que tienes
de escapar de una realidad que no sientes.

El Águila intervino:
-De hecho, tus únicas poesías no tristes
son aquellas dedicadas a muchachas
que correspondieron tus sentimientos
y fueron escritas en ese mismo momento...
pero te conozco, y no llegas a ser de esos
que necesitan una relación romántica
para sentirse feliz y completo.

Suspiré.
-Quizás, simplemente, debería crear
la segunda parte del "Perro Bastardo".
-¿Esa poesía en la que con un hacha
a los alcaldes ibas por ahí capando?
-Esa.
-Lo reconozco, era buena...
pero tampoco la alegría de la huerta.
-Quizás mi noción de alegría
sea, simplemente, distinta...

Extendiendo sus grandes alas,
preguntó el Águila:
-Pues, ¿qué es para ti la felicidad?
Buena pregunta...
Quizás debería definir eso primero
antes de escribir sobre un concepto
que posiblemente no tenga claro.

Siempre lo he sabido, sin embargo,
que la nostalgia y la melancolía
pueden actuar como una droga
y he sido adicto durante un tiempo
mientras estaba desocupado y lejos...
Pero ahora que no necesito ni metadona,
me encuentro con un vacío en mi pecho
que no tengo decidido como rellenar.

El Lagarto, tipo callado por excelencia,
con un bufido amigable aconseja:
-Podrías escribir una poesía
sobre lo que en las noches sueñas.

El reptil lo dice por ayudar,
mas yo arqueo una ceja.
No sabe el pobre que en mis sueños
habitan disparos, huidas y navajazos...
y que si es cierta esa creencia
de que en nuestros sueños lo que vemos
son realidades paralelas a la nuestra,
alguien en algún otro mundo ha proclamado
una alta recompensa por mi cabeza
y a mí todavía no me han avisado.
No... ese no es un buen consejo
si se trata de crear una poesía
donde lo que prime sea la alegría.

Mientras, la Cabra, durmiendo
sobre mis piernas sin pantalones,
hace también su aporte:
un eructo de grandes proporciones.

Suspiro y el primate propone:
-Deberías buscar la alegría
en cada momento del día.

Le miro con cara circunstancial.
-¿Incluso ahora?

-Incluso ahora.
¿Qué problema hay?
Estamos cinco amigos bajo el atardecer,
contemplando una imagen de postal,
en un momento casi mágico de luminosidad
y no quedan Manzanas, es verdad,
pero esta será una noche estrellada
y el sol volverá a brillar mañana.

Hablo al mono como quien habla a la nada.
-Simio, estamos mirando al ocaso acá
porque la furgoneta dice que ya no anda...
la noche va a ser más que fría, congelada,
y yo no es que no tenga pantalones,
es que la puta cabra, mientras dormía,
ha devorado también mis calzones;
y llega la hora de la cena,
y no tenemos tampoco provisiones.
¿Y tú me dices que a pesar de todo,
debo sentirme alegre en este momento?

(sonido de grillos)

-Esto...
¿has visto que bonito está el cielo?

jueves, 12 de junio de 2014

II de V

Bajo el escudo protector.
Siempre parece la decisión adecuada
pero, extrañamente,
siempre se tarda demasiado en tomarla.

Sed bienvenidos, frío y calor.
Bienvenidas también, dificultades.
Bienvenidos riscos, escabrosidades,
heridas, nostalgias, tempestades...
Ahora que habéis llegado
y ya nos hemos saludado,
nos hemos enfrentado
y os he vencido...
ya podéis partir.

Otros ocuparán vuestro lugar,
no tengo la más mínima duda,
y os agradezco el hacerme más fuerte...
pero en mi espíritu ya he llevado suficiente lastre
como para querer teneros siempre presentes.

Y ahora estoy aquí
(estúpida frase que sin embargo encierra
tal verdad obvia y universal
que es imposible de negar).

Con las manos en los bolsillos, de pie en la playa,
viene el olor del Pacífico en el frío viento de poniente.
Se cuela entre las nubes la primera luz del alba,
el sol aún tan débil que puedo mirarlo de frente.
Me he convertido, inesperadamente,
en el vértice entre tierra, cielo y mar.
Respiro y grabo este momento en mi mente
en el cual el mundo me dedica una sonrisa
y yo me he dado cuenta de ello.

Aún queda mucho por recorrer.
No importa qué problema se presente:
Pueden ser horas perdidas en la madrugada,
en busca y captura de una calle inexistente
entre las sombras de una ciudad extraña;
la niebla que todo lo engulle en las montañas,
o que la camioneta decida que ya no anda...

Siempre habrá una solución.
Siempre.
Aunque sea mandar el problema al carajo.

Y aunque se comporte la vida
como un manco conduciendo un coche
en lo más profundo de la noche,
a más velocidad de la debida
mientras se fuma un cigarrillo...

Aunque te comportes así, vida...
Te atraparé.

domingo, 25 de mayo de 2014

I (tercer intento) de V

La canción que suena en mi pieza llega débil hasta la cocina,
donde echo agua a ojo, un chorro de aceite y un pellizco de sal.
Antes de prender el fuego me quedo mirando la llama en la cerilla
y en mis labios una ligera mueca se convierte en una sonrisa
cuando acerco la pequeña flama hasta el pasado de mi vida
y acaban en el fuego los remordimientos sin razón de ser.

La olla me dice que quiere representar mi aventura
y yo me río pues su ocurrencia no me parece mal.
Así que en sus entrañas aumenta la temperatura
al conocer la que desde ayer es mi nueva filosofía
de que si el caldo se derrama sea por una alegría.

Pero quizá aún falte algo de picante que le dé sabor.
Dejo al cuchillo del deseo picando los dientes de ajo
y desnudo me zambullo en el pequeño mar de metal
cuyo destino es crecer hasta ser un océano real.

Allí me quedo flotando en la cálida inmensidad
haciendo inventario de cada personalidad
que a lo largo del tiempo me han adjudicado:
bohemio, ronin, anacrónico o desubicado...
Cada apelativo veraz, pero todos ellos equivocados
al ser mi alma mayor que la suma de las partes;
sabiendo ahora que en realidad he sido afortunado
con la canción que la gramola me ha obsequiado,
acepto mi responsabilidad por cada acierto y cada fallo...
pero cada momento saboreándolo.

Ahora sé desplegar mis alas,
derribar paredes con ellas
y comenzar a navegar
mientras llueven a mi alrededor
los granos de arroz.
Pueden ser cientos,
pero he descubierto
que sí era cierto
que cada uno de ellos
tiene grabado un mensaje
y que en la receta de mi vida
sólo tienen cabida
los que yo quiera degustar.

domingo, 18 de mayo de 2014

I (2º intento) de V


Un ejército de ángeles está alrededor de mí,
custodiando cada uno de mis excéntricos pasos.
No suena muy racional, lo sé,
pero es lo que mejor explica mi vida en Santiago.

Las paredes del zulo que es mi habitación
pueden parecer vacías, blancas y aburridas,
pero en cada atardecer se tiñen de color
y yo vuelo por encima de la contaminación
hacia un punto cardinal elegido al azar.

Dices que quieres conocerme mejor
pero eso nos puede llevar mucho tiempo.
Tengo una historia por cada cana que peino,
una canción para cada pequeño momento
y distinta sonrisa según la dirección del viento.

Tienes curiosidad por las riquezas que poseo,
pero seguro aparece el vértigo al razonar
que un beso vale más que un millón de pesos...
Y es que el dinero acá no tiene mejor utilidad
que el de comprar un par de cervezas a medianoche
para compartir en casa de un amigo y brindar
por cada uno de los abrazos que aún han de llegar.

No me consideres loco por susurrar al aire un "te quiero".
No es tan raro que un céfiro se sienta halagado
y en agradecimiento me traiga aromas lejanos
o me levante del suelo rodeándome en sus aéreas corrientes
que me acerquen al mar hasta dejarme en los rompientes
y allí contemplar como la marea dibuja
al ritmo de lo que le dicta la luna.

Si me pierdes de vista, no soy difícil de encontrar.
Cada madrugada estaré en la Alameda,
participando con los quiltros en locas carreras;
cada mañana en San Miguel,
abrazando gatos callejeros en calles desiertas;
cada tarde en mi azotea,
acariciando la primera estrella que aparezca.

Y si no aparezco en ningún sitio listado,
mira a tu alrededor...
Lo más seguro es que esté a tu lado
y que, por alguna extraña razón,
esta vez me haya quedado callado.


lunes, 12 de mayo de 2014

I de V

Abro un ojo a muy temprana hora en la mañana.
Lo primero que veo es a un Macaco en mi almohada.
Cierro el ojo, respiro profundo, decido despertar.
Al lado del simio ahora hay también una Cabra.

Aunque el mono sea mi tótem y mi animal guardián,
cuando trae amigos a casa al menos podría avisar.

-¿Qué es esta vez? -pregunto somnoliento.
-¡Vámonos de viaje! -responde el cercopiteco.
Me quedo mirándolo y arqueo el entrecejo.
Increíble, debe ser la primera vez
que una buena idea se le ocurre al bichejo.

Mientras agarro una mochila y me visto,
el mono hace los preparativos:
alquila una furgoneta,
la pinta de fucsia, verde neón y amarillo
y avisa para que vengan
otros dos amigos...

Al Lagarto
(porque en todo viaje que se precie
debe ir un tipo inexpresivo)
y al Águila
(porque nosotros somos muy divertidos
pero, ¿quién cuidará de nosotros
si sólo vamos nosotros?).

El mono dice que todo está preparado,
que está todo en condiciones,
y que ha llenado el maletero de Manzanas
como duraderas provisiones.
La cabra también ha "ayudado".
Lo único que ha hecho en toda la mañana
ha sido comerse mis pantalones.

El mono y yo nos rifamos a pares o nones
quién de nosotros dos conduce.
Y como siempre, el que gana es el lagarto
(silencioso e impasible, pero tiene suerte
hasta cuando no está jugando).

De manera que arranca la furgoneta
y damos el viaje como comenzado.
Anécdota sin importancia
que el lagarto tarde demasiado
en subir hasta el volante desde los pedales
y para cuando quiere reaccionar
ya ha derribado tres alambradas y dos vallas
y está atravesando todo el sembrado.

Un carabinero no tarda en darnos el alto
y cae la multa correspondiente.
No porque conduzca un lagarto
ni por el caos que ha organizado.
La multa es porque yo voy en paños menores.
Pero, ¿cómo explicar de modo convincente
que una cabra se comió mis pantalones?

El viaje es reanudado
y tras tres horas y cuarenta y siete minutos de camino,
tras mil carcajadas, mil comentarios desubicados,
mil canciones de excursión y mil chistes verdes...
el águila, el más racional de los presentes,
pregunta: "¿y cuál es nuestro destino?"

Momento incómodo.

El mono responde que el viajar
no tiene nada que ver con el llegar,
que el simple hecho de moverse
es el mayor placer de esta vida
y finalizar el viaje es un accidente,
algo accesorio aunque ocurra frecuente.

Pero sus farfulleos no esconden
que le han pillado con el carrito del helado.
Que tanto planificar y planificar y planificar...
y el sitio donde nos tendríamos que bajar,
eso no lo ha pensado.

El águila es contundente.
"No es un buen viaje si no hay destino en mente".
El mono es romántico.
"No importa el destino si el viaje se está gozando".
El lagarto simplemente calla.
Bastante tiene con intentar que la furgoneta no se despeñe
mientras la cabra vomita por la ventana.

Para que los dos contendientes dejen de discutir,
propongo la solución perfecta:
El viaje sólo acabará cuando lleguemos hasta ti.
Un trayecto de duración indeterminada
(como quiere el mono)
pero que tiene una meta muy clara
(como desea el águila).

Y aunque me verás llegar
en una furgoneta de colores chillones,
rodeado de animales locos
y para más inri sin pantalones,
al menos sabrás que todo lo viajado
no tiene otro significado
que no sea
el de fundirme en tu abrazo.